Mina de luz

Fue El Güero, padre,
el niño que trabaja,
quien me enseñó
a ver en la obscuridad.

Bajo la sierra,
luciérnagas iluminan sus pasos,
mientras carga en su espalda
betas de historia,
betas que,
a contraluz,
emanan susurros:
         voces de hombre,/
                   de niños,/
                   de Tierra; /
         llamados de Tiempo,/
                         de ancestros,/
                         de caminos errados./

Fue El Güero, padre,
el niño con dos pesos en la mano,
quien me enseñó
a caminar con la cabeza gacha.

Bajo la sierra,
el silencio corona sus pensamientos.
Mientras camina,
arrastra entre sus pies
la edad de los montes:
     años de luz,/
        sed de la esperanza tardía;/
     destello de gloria,/
        puñal ensangrentado;/
     fortaleza enmudecida,/
        espejo del alma extranjera que,/
        llevando en sus manos/
        la lumbre del desierto,/
        dejó un manto resquebrajado de vida.

Fue El Güero, padre,
el niño de las mejillas alazanas,
quien me enseñó a comer
y a develar,
en medio de este desierto amoratado,
la sustancia que hace correr lagartijas.

Real de catorce

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