Una mujer veinteañera se mece en la vía pública, después de haber ocasionado un accidente automovilístico al cruzar la calle sin precaución. Para evitar atropellarla, un conductor dio un giro abrupto al volante e impactó su camioneta con otro auto que venía en sentido contrario. La mujer, después del accidente, se sentó en la banqueta y abrazó con fuerza sus piernas, mientras se arrullaba con una canción de cuna. El conductor de la camioneta bajó rápidamente, se acercó a ella, la tomó de la barbilla. Sus miradas se perdieron unos instantes. El hombre la besó en la frente, subió a su camioneta y huyó. Después de eso, la mujer mantiene la mirada fija en alguna figura invisible y no permite que se le acerquen, respondiendo agresivamente ante cualquier tentativa. Sólo en esa postura se mantiene tranquila, sin atacar ni dañarse. Los vecinos se reunieron a ver el accidente provocado por la desconocida, creyendo que el impacto la había dejado en shock. Esperan que alguien la busque, pero pasan las horas y la mujer continúa meciéndose, solitaria. No parece percatarse de su ropa rasgada ni de la herida en su cabeza. En sus muñecas se ven algunas marcas de autoflagelación, tan de moda en los jóvenes. La aseguradora y la grúa llegaron al sitio, hicieron los trámites y movimientos correspondientes y ninguno fue capaz de llevársela, porque se estresaba tan sólo de verlos acercarse, lanzando un agudo grito que espantó a todo el vecindario. Decidieron dejarla ahí con la esperanza de que su familia llegara a buscarla, para llevarla inmediatamente al hospital. Nadie llamó a la ambulancia. Nadie llegó a buscarla.
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“Hace veinticuatro horas me dieron el diagnóstico. No sé cómo he sobrellevado el tiempo desde entonces. Es difícil aceptar que mi hija no va a llevar una vida normal y que deberé estar con ella todo el tiempo, invirtiéndolo sólo en enseñarle lo más elemental. «Sólo frases cortas y repetitivas», dijo el médico. ¡Frases cortas yo, que hablo tanto! Debo enseñarle cómo relacionarse con un simple “párate”, “siéntate” o un “manos quietas, Isolda”. Para el médico resultó muy sencillo pronunciar la palabra diagnóstico, aunada a un concepto que en mi vida había escuchado y que no pienso pronunciar nunca más. Estoy más sola que nunca y con una hija de dos años que no será como todas las demás, que ni siquiera asistirá al jardín de niños o, ¡qué digo!, que ni siquiera sabrá lo que su cuerpo le pida, que no sentirá el dolor o el frío como otros niños. De pronto, aparece esta nueva Isolda, que no es la misma niña con quien salía ayer a caminar. No repetirá su nombre, después del cuidado que puse en escogérselo. Un nombre enérgico, con un carácter prescrito. Tal vez ni siquiera sepa cómo se llama. Quise hacer de ella una mujer fuerte y tierna a la vez, una idealista en la implacable búsqueda de un Tristán renovado y soy yo quien se ve obligada a ser alguien diferente. Es demasiado tarde para no amarla, para arrepentirme, desde que abrió sus ojos supe que estaría prendada a ella para siempre. Aunque fue lo único que heredó de su padre: esos enormes ojos color cielo que dicen más que las palabras. Creo que él tuvo razón en alejarse de nosotras, quizá lo sospechaba, quizá en su familia hubo alguien así y por eso su renuencia a tener hijos. Fui yo quien se obstinó en tenerla, nada puedo reclamarle. Ya está gritando otra vez. El disco de Trepsy debe haber terminado”.
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—Te dejaré con ella como dos horas. Ésta es su comida. Nada más puede comer lo que está aquí. Cada cosa tiene una etiqueta con la cantidad que le puedes dar. Si come cualquier otra cosa, no podrá dormir y tú menos. A las ocho ve el programa de los Tele Tubbies, sino, no dejará de gritar y lo más probable es que golpee la cabeza contra el televisor. Su pijama está bajo la almohada. Ella sola se la abrocha, para que la dejes, no importa que tarde mucho —explicaba la madre a la niñera. —Sí, no se preocupe. Ya me ha explicado varias veces. ¿Ahora tampoco puede tomar agua y leche? —preguntó la niñera. —Sólo agua. Leche ya no. En caso que te pida leche, le das uno de aquellos botes, que tienen agua de arroz. Al parecer no puede digerir algo que tiene la leche, según lo que me dijo el doctor, esa agua ayuda a que no se le dañe más su cerebro. Ya sabes, por si sí o por si no. Intenté darle la de soya, pero el sabor no le gustó, así que nos quedamos con la de arroz, más difícil de conseguir. Ya hasta me hice de una amiga que la trae de Estados Unidos. —¡Válgame! Sí que es complicado. ¿Y ya no muerde? Mire, todavía tengo la marca de la vez pasada. —A veces, cuando escucha el ruido de la licuadora o del microondas. Y en el carro, si ve que se mueve con el semáforo en rojo, empieza a morderse los brazos. Claro que cada vez sus mordidas son peores —agregó la mamá, con una sonrisa, mientras observaba la cicatriz en el brazo de la joven. —¿Le doy las mismas instrucciones? —Sí, igual. Mira, aquí te dejé una lista. Estoy tratando de que vea a los ojos. Ha sido lo más difícil. Su terapeuta y yo nos hemos puesto de acuerdo para llamar su atención. Estamos trabajando con una lámpara. Esperemos que sirva de algo. Hay que decirle “mírame” y tomarla del mentón para que voltee la cabeza, aunque sus ojos anden en otro lado. —¿Cuánto llevan haciendo eso? —Más de tres meses. Tenemos que agarrarla y voltear su cara a la luz o hacia nosotras, porque ella no lo hace sola. Si puedes intentarlo unas cinco veces en lo que me voy, te lo agradecería. —¡Ay, señora! ¿No ha pensado internarla en una clínica o en un lugar que se dedique a cuidar a personas como ella? Cada vez que vengo a ayudarla, encuentro más difícil la situación. —¡No! ¿Cómo dices eso? Yo decidí tenerla conmigo. Además, es muy tarde para considerarlo, está acostumbrada a estar aquí. Por eso compré este departamento. —Tal vez sería lo mejor, si lo piensa bien. Desde que conozco a Isolda yo la veo igual. No aprende nada, se lastima, golpea. Imagínese qué va a ser de ella sin usted. Sería lamentable. —He pensado en eso. Pero créeme que ha aprendido. Mírala. Yo sé que trata de decirme algo con los ojos. No sé qué. A veces, después de alguna de sus crisis, se queda tranquila en mis brazos, exhausta, lastimada, quejándose, sin una lágrima, sin verme ni abrazarme. Se arrulla meciéndose. Es como si así se aislara del mundo. El susurro que hace mientras se mece es lo único que impide, a veces, que se golpee. No comprendo qué pasa por su cabeza en esos momentos, pero la acaricio y sé que ella entiende lo que estoy pensando. Antes le platicaba mucho, a pesar de lo que me dijo el médico. Pero ya no, porque me di cuenta que cuando le hablo de más se pone peor. Me imagino que porque no entiende. Mira, está viéndonos de reojo, parece que sabe que hablamos de ella. Tiene esa sonrisa maliciosa. —Nada más usted que es su mamá puede ver esos cambios, porque yo no los veo. Debería pensarlo bien, señora, si se anima, yo sé de una casa a donde la puede llevar. La verdad, yo no tendría paciencia para vivir siempre así. —A tu edad, yo pensaba lo mismo y mírame. Te sorprenderías de lo que eres capaz cuando tienes un hijo. Ya volteó para acá, se ha de haber terminado el programa. Será mejor que me vaya antes de que pida algo. Te la encargo mucho, Linda.
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Después de la primera noche, fuimos algunos vecinos a ver cómo podíamos ayudar a la pobre mujer. Impasible, ni siquiera nos dirigió la mirada. Pensando que se había dado un golpe en la cabeza, no la obligamos y volvimos a nuestras ventanas, desde donde la observábamos siempre en la misma posición. No entiendo cómo es que no se cansaba, tenía la cabeza sangrante, se veía que sus nalgas estaban lastimadas, el vestido estaba manchado de sangre. Alguien llamó al hospital, para que la recogieran, ya había pasado mucho tiempo desde el accidente y su familia no aparecía. Tardaron varias horas en llegar. Mientras, me acerqué con una tina llena de agua y con cuidado la ayudé a limpiarse sin decir una palabra. La extraña aceptaba con gusto los jicarazos, pero no aceptó que yo la tocara para quitarle las costras de mugre. Atravesarse de esa manera la calle sería un nuevo intento de suicidio de la pobre. Y digo nuevo porque en sus muñecas había señales de ensayos anteriores. Empapada tomó la toalla que le di y se la colgó al cuello, como si no supiera para qué servía. Inmediatamente volvió a su postura anterior. Me quedé con ella hasta que llegaron a recogerla del hospital. Vi cómo se la llevaban y lo complicado que resultó inyectarla. Varios hombres la sometieron por la fuerza. Era impresionante la manera como se resistía al contacto. Viéndola, pensé en mis hijas a los tres o cuatro años, porque se veía indefensa a pesar de agredir a quienes tratamos de ayudarla. Su mirada perdida me causó nostalgia y compasión, estaba asustada, no recordaba quién era, ni sabía cómo volver a su hogar. ¿Qué pensarían sus hijos siendo tan pequeñitos? ¿Y su marido? ¿Imaginarían que le había ocurrido algo? ¿Por qué entonces no la habían buscado? ¿Sería un intento de abandono del hogar? Debe vivir aquí cerca, sino, ¿cómo habría llegado caminando? Todo esto lo supongo yo, porque ella no dijo ni una palabra. Gracias a la llamada de los vecinos, arribó la ambulancia. La sirena y torreta encendidas. Se trataba de una urgencia que debió atenderse una noche antes. Los paramédicos intentaron convencerla de subir a la camilla para trasladarla al hospital, donde la revisarían por completo. Explicaciones largas y detalladas, ante las cuales la mujer respondía con un incremento en el volumen de su voz, al cantar la misma canción de cuna que no cesaba de repetir. La vecina proporcionó los detalles del incidente, pero desconocía los datos de identificación de la víctima. Nadie la había robado, estaba segura de eso porque la mujer no traía consigo más que el vestido con que ahora la encontraban. Una vez que la subieron por la fuerza a la ambulancia, las autoridades la mantuvieron sedada. Con poca esperanza en que alguien la identificara, anunciaron su captura en la radio y televisión local, para localizar a los familiares. Señas particulares: unos ojos azules que miraban sin pestañear hacia un punto no identificado en el horizonte, voz de niña en cuerpo de mujer, la canción de cuna repetida sin parar.
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Sonó el teléfono a las ocho de la noche. Como era común, se encontraba en la oficina, sola y casi en penumbra. El timbre la inquietó, al pensar en su hija. Ensimismada tomó el auricular: —¿Bueno? —¿Señora Irene? —Así es. ¿Quién habla? —¡Bendito! Todavía trabaja donde mismo. Habla Linda, la niñera de Isolda. ¿Se acuerda de mí? —Claro que sí, Linda. ¡Qué milagro! Después de tantos años. ¿Cómo estás? —Bien, señora. Le llamo por algo urgente. —Dime, ¿te pasó algo? —No, no. Para nada. Lo que ocurre es que iba camino a casa y escuché en la radio que encontraron una mujer, una joven, que estaba perdida por mis rumbos. La encontraron ayer en la noche, al parecer. —Sí. ¿Qué ocurre con ella? —No estoy segura. Por la descripción que dieron, aunque fue bastante escueta, me recordó a Isolda y quise saber si ella está bien. Por eso la llamo. Espero no molestarla, ni distraerla de su trabajo. —¿Isolda? Sí, está bien. Debe estar en casa con su terapeuta. Todos los días se queda con ella hasta que yo regreso. —La descripción de los ojos de la mujer que anunciaban en el radio, era idéntica a la que usted me hacía de la niña, ¿se acuerda? Cuando nos veía de reojo. Unos ojos azules viendo un punto imaginario en el horizonte. Lo malo es que lo escuché en la radio. Ojalá hubiera sido la televisión. Perdón, señora, ¿me podría avisar si todo está bien con su hija? Aunque tengo tiempo sin verla, sabe que la quiero mucho. Toda mi juventud la compartí con ella. —No te preocupes, Linda. Isolda está bien, vas a ver. Déjame marcar a la casa y te devuelvo la llamada —respondió Irene de forma automática tratando de consolar a su amiga de antaño. Pero la angustia le recorría la espalda, el conocido calor de abajo hacia arriba siguiendo la columna la sacó de tajo de la comodidad de su oficina.

