Salió de inmediato, dejando el trabajo inconcluso, la computadora encendida, papeles a medio revisar. Varias llamadas a su casa sin respuesta, aumentaron la preocupación. Siguió marcando desde su celular, nadie contestó. No pudo dejar de pensar en Isolda. Mientras caminaba a su auto recapacitó sobre la noche anterior. Había estado con sus amigas hasta entrada la madrugada y no había ido a la recámara de su hija a desearle buenas noches, como era la costumbre —ese modo de actuar establecido por la repetición—, porque era tarde para molestarla. Sabía de antemano que despertarla implicaría una noche más sin dormir. Pasó frente a su habitación y desde la puerta emparejada le dio las buenas noches. Tampoco en la mañana se aseguró de que Isolda hubiera dormido bien, salió tan rápido a la oficina que olvidó despedirse de ella, pues la terapeuta había llegado tarde y tuvo que prepararse sola su café, lo que le quitó un par de minutos. Hacía veinte años que la dejaba encargada durante su jornada de trabajo y nunca —¡nunca!— se había ido sin despedirse. «Cualquier cambio en su rutina…», había dicho el médico. Y la rutina había pasado a segundo y tercer término la noche anterior.
«Ataques de ansiedad, agresividad, gritos, desesperación, llanto». Todo junto era el resultado de un simple cambio en la rutina de su hija. Simple: cambiar la marca del papel de baño, mover las letras pegadas en el refrigerador, pérdida de la señal del cable en el horario de sus programas favoritos, no encontrar en su caja de videos el disco de los Tele Tubbies, poner en el estéreo del carro algo que no fuera Trepsy. Eso era simple. Los eventos de la noche anterior no había ocurrido antes. Desconocía la reacción de su hija. ¿Habría dormido? ¿Por qué no habrá hecho ruido? ¿Habría tomado de más? Cavilaba sin parar. Su cabeza no se detenía: buscaba y buscada una señal, algo que le dijera por qué nadie respondía el teléfono. La rutina, la tradición, la costumbre, habían quedado de lado, ¿sería por eso que no contestaban el teléfono? ¿Estaría Isolda tan agitada? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Habría sido por la duda, puesta nuevamente en el aire, de que su hija estaría mejor en una clínica, bajo el cuidado de especialistas que no la dejarían sola por un minuto? No, Isolda no hubiera comprendido la conversación con sus amigas. Fue demasiado larga. Isolda no entendía nada. ¿O sí?
Llegó a su casa que la recibió en silencio y soledad. Isolda no estaba. Desesperada marcó a la terapeuta: casa, celular, casa de la madre, el Centro de Rehabilitación en donde trabajaba. No respondió nadie. Ningún mensaje en la grabadora, ni en el pizarrón que pendía en la cocina. Revisó la habitación de Isolda y la halló intacta. La cama estaba tendida. Su hija no había dormido allí la noche anterior. Esperaba encontrar las sábanas revueltas. Llamó a Linda.
Sentada en el escalón de la entrada de su casa, recordó el primer día que tuvo a su niña en brazos. Siempre sus ojos azules, viendo de lado, sin encontrarse con los suyos. Le decían que lloraba demasiado, que la comida no le caía bien y que, probablemente, sería enfermiza. Pero no lo aceptaba. Su hija era perfecta. El padre las abandonó sólo con saber de su existencia. A veces pensaba que él había sido más inteligente que ella, por no haberse comprometido con una hija a tan avanzada edad. Aún así nunca lo perdonó y no permitió que la viera crecer.
***
“La vergüenza me hizo vulnerable. Sin querer, doy demasiada importancia a lo que piensen los demás y no sólo de mí, sino (lo que es peor) lo que piensen de mi hija. Yo sin dudar ponía mis esperanzas en un dios que burló mis oraciones. Yo juzgaba sin sentimientos a las madres de esos hijos desvalidos porque sólo los traían a la vida a sufrir. Ahora, siento que todo mundo se me queda viendo cuando camino por la calle con mi hija. Isolda no puede dejar de gritar, de llamar la atención de cualquier manera. Las personas me saludan y me compadecen. Piensan en mí como esa mala madre de una hija desvalida. No necesito su compasión, necesito que mi hija aprenda a estar con otros niños de su edad, que aprenda a decirme lo que necesita, que aprenda a escuchar su cuerpo. ¿Acaso entenderán que no es posible dejar a estos hijos en casa para disimular un poco nuestra desgracia? ¿Acaso querrán preguntarme si tomé todos esos suplementos que anuncian en la televisión y que los ginecólogos no dejan de recetar? Porque sí lo hice, no están exentas mujeres. ¿Acaso les importe no decir a los cuatro vientos cuándo y cómo desean tener su próximo hijo, a qué escuela lo inscribirán, a quién se parecerá y cómo imaginan que cambiará ese no-nato sus vidas simples? ¿Acaso imaginan que cuando alguien les dice «Un hijo te cambiará la vida», en realidad están diciendo que un hijo te cambiará la vida? (¡Y de qué manera!). ¿Acaso les importe callar la felicidad que sintieron cuando su pequeño dijo su primera palabra o dio su primer paso? ¿Acaso sentirán remordimiento después de darle de golpes por una travesura sin importancia, la cual mi hija nunca logrará idear?
”La primera fiesta de cumpleaños a la que nos invitaron fue tan desagradable que ocasionó que no volviéramos a aceptar otra invitación. El pastel llamó la atención de Isolda. Lo único en años. Se quedó parada, viéndolo, regodeándose, salivando, con una sonrisa escondida detrás de sus enormes ojos que, si normalmente no parpadeaban, menos lo harían ante esa inmensidad azul. Finalmente, después de dar varias vueltas a la mesa, metió el dedo. Yo la observaba de lejos y no decía nada, porque de alguna manera aquel pastel estaba logrando lo que yo no podía: Isolda lo estaba viendo y tocando. Pasaba su dedo cuidadosamente, para no mancharse. Después formó círculos, se llevó el dedo a la boca y salió corriendo a esconderse. Le había gustado. Desde su escondite fijaba sus ojos en él. La relación de causa y efecto no era clara para ella. Seguía con el dedo en la boca y seguramente ya no le sabía a nada, porque al sacarlo lo veía con perplejidad. Lo volvía a meter y nada. Salió en puntillas, se acercó nuevamente a la mesa y una mujer se interpuso en su camino. «Todavía no es hora de partir el pastel, Isolda. Primero hay que cantarle Las mañanitas a Jorge. Porque no te vas mientras a jugar con los demás niños. Mira, está llegando el payaso». No entendía nada, explicaciones largas implicaban un ataque inmediato. Mi pequeña empezó a gritar, se puso morada a falta de la respiración. Me acerqué lo más rápido que pude y le di un pedazo de aquel pastel. El más grande pedazo que pude tomar en unos segundos. Por la noche, pagaría las consecuencias. Una noche sin sueño, de dolor, rasguños, mordidas, golpes, temperatura y salivación en exceso. Las otras invitadas miraban la escena extrañadas. Fue como si Isolda y yo estuviéramos solas y ellas se indignaban con nuestra actitud. Cargué a mi hija y nunca más la lleve a una fiesta. ¿Para qué? Era su primer contacto con el mundo, a los seis años, y nadie entendía por qué me entusiasmaba su comportamiento antisocial. Aquella noche disfruté tanto el dolor de sus rasguños. Había valido la pena. Ella había visto el azul, yo tenía un poco de esperanza”.
***
El médico en turno era un joven novato. Cuando Isolda llegó ante él, sacó un enorme Manual azul (aún no había adquirido la última versión, plateada y más gruesa). Buscó en el índice, que venía en orden alfabético. No sabía por dónde empezar. ¿Qué tendría? Buscó el expediente y uno de los paramédicos anotó las observaciones de la vecina que acompañó a la mujer mientras llegó la ambulancia: «tenía la cabeza sangrante, se veía que sus nalgas estaban lastimadas, el vestido estaba manchado de sangre… me acerqué con una tina llena de agua y con cuidado la ayudé a limpiarse sin decir una palabra. La extraña aceptaba con gusto los jicarazos, pero no aceptó que yo la tocara para quitarle las costras de mugre. Atravesarse de esa manera la calle sería un nuevo intento de suicidio, de la pobre. Y digo nuevo porque en sus muñecas había señales de ensayos anteriores». Primer dato que encontraba: intento de suicidio. La mujer aparentaba más de veinticinco años. Con su dedo recorrió el índice. Trastornos de inicio en la infancia, la niñez o la adolescencia. Descartado. ¿Diagnóstico diferencial? La mujer se veía bastante mayor, hacía años que había pasado de la adolescencia. Delirium, demencia, trastornos amnésicos y otros trastornos cognitivos. No podría diagnosticar ninguno de ellos sin la Historia Clínica o al menos una batería de pruebas bien definida. Trastornos relacionados con sustancias. Podría ser. Esquizofrenia y otros trastornos psicóticos. Lo dudaba. Era blanca. Al fin llegó al apartado que buscaba. Trastornos del estado de ánimo. Seguramente en éste encontraría intentos de suicidio debido a una Depresión Mayor. ¿O sería un trastorno de ansiedad? Pensó que le hacía falta práctica, porque aunque el Manual era claro en sus criterios, muchos de ellos eran semejantes. Empezó a leerlos, para estar preparado cuando la paciente despertara. Era bonita, delgada, muy blanca. No la había visto despierta, pero en el expediente se señalaron sus « ojos azules que miraban sin pestañear hacia un punto no identificado en el horizonte, voz de niña en cuerpo de mujer, la canción de cuna repetida sin parar». Seguramente un problema de amor. No sería raro que una mujer de su edad se sintiera decepcionada por un mal amor. Sintió ternura por su primera paciente. Recordó, sin embargo, que un buen psiquiatra debía ser completamente imparcial y objetivo . Dejó el expediente en la habitación y salió para seguir su ronda.
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—¡Linda, qué bueno que llegas! Estoy desesperada. ¿Nos vamos? ¿Traes la dirección?
—Sí, señora. Está en el Hospital General, al parecer la internaron en el pasillo de Psiquiatría. Llamé antes de venir, pero como no saben el nombre de la mujer que encontraron, no pudieron darme más información —se abrazaron un instante antes de partir.
—Ten, tú manejas. Yo no puedo, me tiemblan las manos.
—Está bien —respondió Linda y continuó la conversación para distraer a la madre— ¿Cómo está ella? ¿Ha mejorado? Ya debe ser toda una mujer, hace tanto que no la veo.
—¡Ay, Linda! A ti no puedo engañarte. Justo cuando creo que todo está bien, pasa esto. Después de colgar contigo, me angustié tanto que no podía respirar. Algo me oprimía el pecho. Muchas veces me he recriminado por haber mantenido a Isolda viviendo conmigo, por creer que soy la mejor madre para ella. Y, ahora, de pronto, mi seguridad se viene abajo. Tal vez tenías razón cuando me dijiste que estaría mejor en un lugar donde la cuiden, alguna clínica. Mi orgullo es el culpable de que ahora esté perdida, porque pareciera que no soy lo mejor, no he sido suficiente.
Linda apenas sonrió. Entendía el significado de aquella reflexión tan dolorosa, recordando los primeros años, cuando Irene no entendía a su hija, el esfuerzo por dejarla la primera vez con una niñera, la desesperación por no tener la libertad de cualquier madre.
—Luego, llego a mi casa y el silencio me abruma, me doy cuenta que me hace más daño a mí no estar con mi hija, que cualquier cosa que ella me pueda hacer en una de sus crisis. Sin las canciones de Trepsy de fondo ni el desorden en la cocina, mi vida no es igual. Recordé cuando me dieron el diagnóstico, el dolor que sentí entonces y hoy es más grande. La cama estaba perfectamente tendida. ¿Sabes? El orden ya no me es normal. Sentí un enorme vacío.
—¿Isolda ya la reconoce?
—No. Desde aquella vez del pastel azul, no ha vuelto a estar en contacto con nada. Han pasado los años, hemos intentado diferentes tratamientos, pero ya tuve suficiente. Cada decepción es desgastante, para ella y para mí. Dice las mismas palabras que cuando tenía tres años.
***
“Cara de miedo ante su primera menstruación, descubrir los lugares precisos en que se siente tranquila, verla dormir y estremecerse por algún sueño, acercarse a los animales sin temor, ordenar las letras del alfabeto sin haber ido a la escuela ni haber llegado a los cuatro años, risas solitarias, vaivén, una noche en vela por haber comido pastel, eso es suficiente para saber que vale la pena. ¿Cuántas veces debí convencerme de que mi hija era la indicada para mí? ¿Qué otra madre pude haber sido? Sólo ésta a quien le han dado una prueba difícil y solitaria. Heme aquí, los años han pasado, las peores crisis quedaron atrás y hemos aprendido a estar juntas. Ella en su universo y yo intentando entrar en él por un instante. Ya no necesito más. No necesito explicaciones, sólo saberla en calma y sacando la poca alegría que puede albergar un mundo tan alejado. Ella sentada, como ahora, entretenida con nada. Estoy segura que sabe de mí, aunque no lo demuestre. Sólo juega y balbucea cuando sabe que estoy cerca. El mundo de los demás aparentemente no existe. Sólo el silencio. Una sonrisa no me indica más que un reflejo de sus músculos faciales. No ha dicho nunca mamá, quiero agua, pero de un momento a otro la encontré repitiendo frases completas del programa de Tele Tubbies y ordenando las palabras que su terapeuta le entrega seccionadas. Sube y baja sin parar. No necesité enseñarle a caminar, lo hizo sola. ¿Cómo aprendió? No lo sé y por lo mismo no sé cómo enseñarle algo diferente. Es ella la que me enseña”.
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Llegaron al hospital. Al entrar, Irene recordó por qué no había internado a Isolda. El joven médico se acercó e intentó entrevistarse con Irene. Después de haber visitado infinidad de doctores, psiquiatras, psicólogos, terapeutas de todo tipo, Irene lo ignoró. «¿Historia clínica?», le dijo, «pero si mi hija no tiene nada. Estuvo perdida, ¿no entiende? No necesita un diagnóstico más, ¿para qué?». Asustado por la exaltación de la madre, el joven dejó el expediente y el Manual de lado. Las pasó a una de las cámaras, desde la cual observaba dormir a la joven mujer. Irene la vio desde el cristal, ahí estaba su hija sedada, dormida. Se acercó, tocó su frente y vio las heridas en los brazos. Levantó el camisón y las nalgas también estaban lastimadas. Isolda no tenía la capacidad de comprender el lenguaje simbólico, pero sí era capaz de dejarle un mensaje a su madre. Las marcas hablaban de la angustia que había pasado fuera de casa, ansiaba volver. Se acostó junto a ella, peinándole los mechones de cabello que caían sobre su cara, esperando que pasara el efecto de los medicamentos.
Al verlas recostadas, Linda salió a terminar los trámites para llevársela a casa. Un par de horas después Isolda despertó. Se incorporó. Dio una vuelta en la habitación desconocida. Se topó con su madre, que la observaba desde un sillón. Sus miradas se encontraron. Los ojos de la madre enrojecieron e Isolda no desvió su mirada.
FIN.
