Tienes una deuda conmigo,/
padre,/
no esperaste a que creciera lo suficiente mi cabellera, /
para utilizarla como el puente hacia mi destino./
Llenaste mis bolsillos con polvo lunar,/
que el viento me arrebato a golpes/
en la primera estación del año./
Olvidaste doblar la esquina de la página,/
del último libro que fingiste leer,/
e inventaste un final/
que apagó mis infantiles intenciones./
Siguen aquí las huellas de tus pasos apesumbrados,/
siguen sobre las cenizas volátiles/
del ratón que arriesgó su vida/
por dejar, a tus espaldas, una moneda bajo mis sueños./
No fue difícil seguirte a tientas:/
sólo cubrí mis ojos con la palma de la mano/
y caminé guiándome por el sonido de la duela./
Y llegué,/
llegué a la blanca cumbre,/
a los días sin sueños, /
a las noches sin desvelos./
Y ahora que estoy aquí,/
volteando y mirándote a la cara,/
sólo puedo decirte/
que tienes una deuda pendiente,/
padre./
Continúo encerrada en la torre inaccesible,/
que llamaste realidad emancipada./
Ahora, vuelves queriendo borrar las líneas de mi cara,/
queriendo enderezar mi espalda,/
esperando una historia sin final;/
vuelves y buscas la página,/
el dorado cepillo que alargue las horas,/
una moneda que quite tu sed de ficticios recuerdos./
Un castillo, una torre, un dragón;/
un camino, un salvador, una guía./
He aquí mi último suspiro./
Te dejo la brillante espada/
que abre el horizonte:/
perdón./
Abre el libro en la primera página./
No busques más/
y escucha cómo manan de mis brazos tus palabras./
