Escucho a la Tierra que brama: /
brota de entre las cenizas y el hormigón el brazo de un árbol;/
la raíz del césped se aferra a una piedra,/
perforando el pavimento;/
mariposas mueven las cortinas que enmascaran la luz del sol,/
simulando una medianoche artificial;/
silba la corriente subterránea,/
arrastrando el paso de humanidad;/
carcomen las termitas los cimientos de la vida toda/
y su canto no cesa de vibrar bajo las ruinas./
Trepa el grito sordo mis talones, apalancándose en el cuello,/
me abraza y araña mi labio,/
buscando un segundo de silencio./
Ruinas de naturaleza
que yace sumergida en nuestras creaciones de falso plafón,/
ruinas de naturaleza que levantan y derrumban, /
que vacían nuestra casa en un instante funesto, /
que dilatan mis pupilas para inyectarme un olor verdadero.
Ya no son gotas de sangre,/
sino pozas,/
no alcanza la vista a contar la multitud de aves asesinadas,
de corderos,
de vacas
y de cerdos.
Es la fuerza de la perseverancia./
Pequeñas gotas de líquido incoloro,/
que derrumban grises palacios;/
el ruido del tráfico opacado por el canto de un ave,/
que apacigua su pecho espantado;/
las gotas de sangre endulzada,/
que nos mata diariamente./
Somos naturaleza que vive y mata,/
somos los días contados de un infinito porvenir,/
somos la desgracia consciente del mundo de la confusión…


