Corazón dividido en pedazos, que a fuerza de una voluntad contrariada, otorga, sin desdén, retazos de un cariño de extranja. Atas palabras, procurando embellecerlo. Iluminas, perseverante, una pieza sin contorno, evitando el verdadero acercamiento. Articulas cientos de sonidos in-alentos, que te nacen de las entrañas. Emerges, sin renacer. Tus palpitaciones te engañan y te llevan por senderos inconclusos… o inconcluibles.
Lo cierto es que tus marcas te dejaron sin voz. Cierto que el tiempo ha impedido que tus partes, atolondradas, se reincorporen.
Fuiste. No eres. Sólo alcanzas a reconocer tus dedos, al colgar del borde de tu apellido.
Has dejado tu presente en aquel pueblo que ya no se asemeja al de tu memoria. El pueblo, detrás del pueblo, que vive aún detrás de aquel pueblo, que tenía una escuela, una acequia y un puente empedrado, después de mil pueblos que se reflejan entre sí. El pueblo a dos mil kilómetros que has evitado por décadas, de aguas rojas que pierden el color entre mis manos; el del aire enrarecido por la modernidad, que ha dejado de llevar secretos a la lejanía; el pueblo verde y estático que cambiaste por una duna camaleónica en medio del desierto; aquel que te define y al que has evitado para dejar de ser el de talones desgajados y las mejillas cuarteadas.
Vives en lo que parece, pero no es.
Cambiaste tus raíces por una nueva historia, dotando con ello de una idiosincrasia vacía a los hijos que brotaron de entre los matorrales.

