Hija de mí

Nací marcada. Fueron mis padres quienes, desde sus historias y sus expectativas, tacharon mi frente con ceniza como símbolo del amor. Tacha, no cruz. Sin embargo, no pensaron que la ceniza se borra con el viento, con el tacto, con el agua. Hay símbolos más poderosos. No. Hay tintas indelebles. Lo que fuera por unos cuantos meses un contrato entrañable, rápidamente se convirtió en un recuerdo fallido de su esfuerzo. ¿Cómo lo sé? Lo sé. Punto. Tengo en mí sus palabras, sus genes, la imaginería completa de dos bandos de extranjeros que llegaron a encontrarse por casualidad y que, hasta hoy, a mis casi 40 años, no puedo evitar. Se encuentran arraigados en mis movimientos, el gesto de mi boca, mi necesidad de soledad, mi obsesión por anticiparme a la vida. En fin. Leí a Miller y me sentí tan pesadamente identificada que ahora sé que el absurdo, la futilidad, es parte de esa genética. Me asusté al principio, pero con el paso de las páginas me fui sintiendo tan él, que pasé del apuro a la tranquilidad. Las cosas son más sencillas ahora que entiendo por qué siento lo que siento. El sinsentido no es sólo mío. ¿Tiene eso alguna relación con mi cruz de ceniza? Si el propósito de mi vida era unir a dos extraños, si esos dos extraños en vez de unirse terminaron odiándose, entonces, el sentido de mi existencia se perdió a los pocos días de haberse gestado y llegué a esta vida por una extraña casualidad, inexplicable y extraña casualidad, como la abeja que inconsciente provoca el nacimiento de nuevas especies de flores. Pero hasta las flores cumplen el propósito de pintar el horizonte. ¿Qué pinto?

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