O es que los días son cada vez más cortos o se trata de que el tiempo contigo pasa apresurado y ni siquiera nos dirige la mirada. Calculo y planeó cada mañana y, de pronto, se nos ha escapado un día más, un mes más… ya pasó un año.
Ahora corres y andas y gateas; te trepas en un lado, sacas las cosas de los cajones, recogemos y vuelve a empezar el ir y venir corriendo. Asomarte por entre la puerta para dar un susto o cubrirte por completo de almohadas, mientras yo simulo que no te veo y te pregunto por ti mismo y haces cara de que no te has encontrado.
La vida contigo se re-descubre.
Vuelvo a contar con los dedos y a bañarme sentada para acompañarte en tus pseudoclavados en la bañera. Me lanzo por una resbaladilla en la que apenas quepo, con tal que el sol no haga estragos en tus manos. Nos reímos y antes de que se borre tu sonrisa, ya estás pidiendo una más, ya vas a media escalera, persiguiendo una emoción que puede escapársenos si no nos apresuramos.
Importa nada.
Importa quedarnos acostados solo un poco, batirnos de sopa, importa que papá llegue para tratar de alcanzar la perilla de la puerta, el agujero en el que cabe tu mano, para salir en partes al patio. Importan las hormigas, la tormenta, la arena. Importa imitarnos uno al otro, girando la cabeza, diciendo que sí, que no, dándonos un beso, reír y negarnos a dormir, porque el día ha pasado tan rápido.
Y es que contigo los días son así. Se viven de uno a la vez y todos de pronto.
