Mentiría si dijera que soy «porteadora» en el sentido que ha adquirido el término en los últimos años, sea por moda o como una manera de consuelo o como un significado que como madre queremos dar a cada esfuerzo que hacemos por nuestros hijos.
No no soy ese tipo de «porteadora».
Lo soy en el sentido literal de la palabra, es decir, TRANSPORTO.
Y quiero hablar de eso porque he descubierto y observado que, tener a mi hijo en brazos, caminar a su lado, empujarlo en su carriola, pedirle que me dé algo, negarle con la cabeza, aplaudirle, preguntarle cuántas pelotas tiene en las manos, darle la cuchara para que coma solo, sentarlo en el baño, despertarlo en su cama y hacerle cosquillas para que reciba su día sonriendo, hacer los ruidos del caballo del cuento, son todas formas de portear.
Cuando estamos en un ambiente extraño ChuyCarlos se acerca, me da los brazos y lo cargo y siento como toda su personalidad se consolida, se yergue.
Pero también voltea a buscar mi mirada antes de lanzarse por la resbaladilla, me grita «¡mamá!», yo asiento y se lanza sintiéndose completamente reconocido y «personificado». Es él y lo sabe. Se siente, se reconoce, se arriesga.
Viene corriendo a mí y me trae una hoja que ha recogido del suelo. Clava sus ojos en mis ojos y me dice «¿más?» y le digo que más. Estoy porteando.
Lo que quiero decir es que no podemos aferrarnos a una idea tan cuadrada de que solo portean quienes usan su fular o su mei tai y acomodan a su hijo de tal forma y que no usan cangurera. Es mentira. Porteo yo y portea su papá, lo hacen sus abuelos, sus primas. Lo llevamos a ser lo que es.
Porteamos todas las mamás que buscamos lo mejor para nuestros hijos.
Porteamos cuando tienen 6 meses, 3 años, 25 años. Los reconocemos y su mundo se transforma.
Porteamos al acompañarlos en el hospital cuando nacen sus propios hijos, tanto como cuando vamos a verlos en su primer festival.
Porteamos cuando aceptamos y reconocemos a quienes han elegido como amigos, cuando se esconden bajo la cobija y nos piden que los busquemos, cuando nos dicen «ven» y vamos. Cuando nos dicen que no quieren algo y aceptamos la negativa.
Ese es el verdadero porteo. Mi porteo.

