No estoy esperando el segundo de cinco hijos. Vivo mi quinto embarazo, mi quinta prueba de amor y, a la vez, de vida, de confrontar el pasado y el presente, el recuerdo o la añoranza. Mi mente y mi cuerpo no olvidan que estamos frente a nuestro quinto bebé, lo que nos aterroriza. El primero me hizo experimentar lo que pocas personas son capaces de enfrentar (supongo). Tres pérdidas, tres bebés que no conocieron la luz; dos de ellos que ni siquiera alcanzamos a nombrar.
No hay palabras para describirlo, no hay un momento oportuno para expresarlo, mejor que éste.
Pienso en ellos y no son para mí, como algunas personas dicen (y lo cual respeto), ángeles, no son estrellas, no son recuerdos.
Son vidas.
Vidas efímeras que me han dado la oportunidad de conocer lo inconcebible, que me han puesto a prueba.
Son fragmentos de mí, de un corazón destrozado y vuelto a construir.
Son marcas que han quedado en mi cuerpo.
Son un monólogo interminable, en el que intento explicarme una y otra vez todo lo que viví bajo la luz blanca de un quirófano; la inconsciencia por el dolor, incluso antes de que llegara la anestesia a mis venas.
Son el reflejo que me hizo conocerme en la soledad.
Por ellos, es que experimenté un cuerpo que, hasta entonces, no había sido tan mío. Conocí el odio y la incapacidad de olvidar y de perdonar. Fue por ellos que viví el rechazo, la culpa, los prejuicios, el silencio. Me reconocí indiferente, débil, vulnerable: mi cuerpo no responde igual que mi mente o que mis ideas. Mi cuerpo es un cuerpo que falla, que no está dotado naturalmente para dar vida, que no tiene la fuerza que se le adjudica solo por ser un cuerpo de mujer. Mi cuerpo no responde: suelta, deja ir, me abandona.
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Conocí el amor. El amor incondicional del que mucho se habla, pero que pocas veces podemos experimentar. El amor de una madre sin hijo. El amor que llega después del perdón. El amor que nace cuando ya todo parece desierto. Me obligaron a entender el mundo de una manera distinta. Me enseñaron a valorar lo imprescindible. Logré comprender mi vulnerabilidad y protegerme de ella. Renací una y otra vez, más clara, más consciente, más propia, más fiel.
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En 2014 nació ChuyCarlos y con él todo revivió. Revivió el amor, el odio, el miedo, la vulnerabilidad. Me asustó saber que hay personas que no aman a sus hijos, que hay quienes abortan, quienes rechazan a sus bebés desde el vientre. Me costó entender que los oculten por miedo a ser juzgados. Porque cuando su mejilla rozó mi cara (nunca voy a olvidar que estaba tan calientito y que logré mover mi mano para tocarlo a pesar de estar inmovilizada), se me presentó como un milagro. Mi vientre «inerte», estaba ganando una batalla.
Y viene lo mejor. El día que ChuyCarlos pudo decir su nombre y que yo pude comprenderlo, que lo vi asumiéndose como él mismo, mis sentidos se agudizaron, los olores fueron más penetrantes, su rostro más delineado, sus palabras con mayor sentido.
Dijo su nombre y lo dijo todo.
Ese niño que tanto me ha enseñado, me dio una nueva lección. Con su vida, entendí mis pérdidas y lo valioso que es tenerlo a mi lado. Con decir su nombre, entendí la fortuna que es ser madre y ser la vía para que una nueva persona nazca, se construya, sea ella misma. Es él y soy más yo. Lo veo a los ojos y todo se paraliza. El mundo se me muestra como un escenario más simple.
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Hoy, una nueva vida está en camino. Mañana (¡ya mañana o en unos minutos!) cumplimos 28 semanas, por lo que siento un gran alivio. Porque ya pesa poco más de un kilo, porque sus pulmones ya le permiten respirar, porque todos los miedos se consumen al sentir que me patea o me codea o se gira con gran fuerza.

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ChuyCarlos y Roberta o Nicolás han formado una nueva versión de mí. Una versión reconstruida. Una versión completa y en reconciliación.
