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Solemos ser muy injustos con los niños “grandes”, pienso en niños que ya están en edad escolar, niños de 6 a 11 años, a los cuales juzgamos como si fueran pequeños adultos.
Les adjudicamos intenciones, les exigimos demasiado (según nuestra comodidad y no su madurez), les damos la responsabilidad de decidir cosas que no deberían decidir, cedemos ante sus demandas cuando aún no tienen suficiente capacidad para saber qué es lo mejor para ellos…
Lo que sí deberíamos hacer es reírnos a carcajadas de sus bromas, atacarlos con cosquillas, acurrucarnos a su lado mientras ven la televisión, conocer a sus personajes favoritos, darles tiempo para que acaben sus actividades, ser pacientes con sus propios procesos de aprendizaje y desarrollo.
Deberíamos escuchar lo que hay detrás de sus demandas, deberíamos entender la ansiedad que les genera el no tener límites claros, el no saber qué esperamos de ellos; deberíamos darles más tiempo para jugar, darles tiempo para aburrirse, darles tiempo para inventar.
Lamentablemente lo que menos tenemos en la actualidad es tiempo: salimos corriendo en la mañana, comemos en el carro, los dejamos en academias para que se ajusten a nuestro horario de trabajo, les compramos ropa y tenis “un poquito más grandes” y los enseñando a vivir en cualquier tiempo menos en el ahora.
Los dejamos a dormir aquí o allá o esperamos con ansias el día en que los inviten a su primera pijamada. Los dejamos hacer todo, excepto ser eso que son: niños.
