SILENCIO

El silencio no es cómplice,

no es testigo.

Es el incitador, 

el roce de piedras, 

la chispa exacerbada, 

la ingenua y tenue llama

que viaja en pequeños saltos, 

rama 

   tras rama,

      tras rama,

hasta incendiar el bosque. 

Cierro los ojos. 

Enlentezco la respiración:

   me delata. 

Por la noche, 

el roce de dos manos es música;

cada nota, 

una palabra aprisionada, 

la ternura de los dedos que se entrelazan 

y callan

[porque es mejor callar],

se jalan mientras caminan por una calle invisible

que los dirige a un pasado irrecuperable,

a una habitación de adobe,

con inefables deseos

enterrados en sus paredes.

Mi piel se eriza,

   despierta. 

El titilar de un corazón

no me deja dormir,

late a mi lado,

oprime el suelo sobre el que intento mantenerme en pie, 

con cada pulso. 

Abajo,

   abajo,

      abajo. 

La tierra cae sobre mí,

con su olor a muerte. 

Detrás de esta piel,

blanca y asustada,

hay una niña 

que se abraza las piernas a escondidas. 

Duele el pecho. 

No hay por donde escape su alarido: ¡ámame! 

   ¡Ámame!

      ¡Ámame! 

El silencio no es cómplice,

no es testigo,

es culpable. 

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