I
Recuerdo El año del pensamiento mágico de Joan Didion. El año en que uno se aferra a ideas que normalmente no atendería, en que se agarra de un clavo incandescente para salvarse a sí misma.
El año en que una alarga las horas en actividades monótonas y en trámites duplicados e innecesarios, para aferrarse a lo que no tiene salvación. Ninguna persona cercana murió (aclaro a quienes han leído el libro). Fue un matrimonio. El mío. Y aunque aún no llega la vida «sin», creo que internamente estoy en la última etapa de un duelo que se prolongó poco más de seis años.
No pregunten, porque no sabría responder el porqué.
II
Durante seis años, hubo un niño que, sin querer y sin saberlo, me salvó la vida. Ha sido él quien, desde el primer día, me ha pedido que me levante más de cien veces diarias, quien me exige un poco más, quien no acepta menos de lo que merece o necesita. Fue quien resintió mi depresión, quien tuvo la peor versión de mamá que pude haber sido, quien me pidió, con sus berrinches y mal humor, que cambiara radicalmente, para devolverme al bebé sonriente que era en el fondo. Fue quien me acompañó en mis peores noches y días, quien no ha dejado por completo de dormir conmigo y que jura que siempre vamos a vivir juntos. Hoy sé que era mi necesidad de tener a qué aferrarme y por lo mismo sé que puedo liberarlo para que viva tan pleno y feliz como él es.
III
El tiempo ha sido una capa densa y opaca detrás de la que se oculta un dolor agudo y crónico -agudo y crónico-, que he dejado salir a cuentagotas. Cambiante, incomprensible, invisible o inexplicable para mí (y para los demás, seguro). Un dolor oculto detrás del insomnio, de dolor de cabeza, de flojera, de dermatitis y cambios de peso.
El tiempo ha sido una capa densa y opaca detrás de la cual he resguardado las cenizas que quedan de una «yo» del pasado, una «yo» que escribía poemas románticos y atesoraba citas de libros; que creía ciegamente que la voluntad podría contra todo (ctty) y que la edad no sería un impedimento para volver a empezar; que creía que abrir los brazos atraería solo bondad y amor.
El tiempo,
un aliado,
una trampa.
El tiempo,
un interlocutor en espejo.
El tiempo,
una impune deuda
que aparece cuando me detengo a tomar aliento.
IV
Bauticé el 2023 como el año obscuro. Mi año obscuro.
No por lo ocurrido, sino por lo revelado. Es el año en que, por fin, pude poner en palabras todo el miedo -cautivo- que me invadía. Poder decir lo vulnerable que soy. Poder enfrentar las malas decisiones. Poder decir: este año no puedo. No puedo hablar frente a los demás, no puedo dar palabras de aliento, no puedo disfrutar una boda, no puedo ser tolerante, no puedo aceptar errores ni negativas ni miradas de desaprobación, no puedo empezar proyectos nuevos, no puedo escribir, no puedo terminar de leer un libro, no puedo aceptar críticas, no puedo sentirme capaz ni bonita ni suficiente, no puedo renovarme.
El 2023 es el año en que ese duelo, que viví a solas y en el más crudo silencio, me cobró una deuda personal. Pido perdón por haberlo dejado pasar con la seguridad de que viviré el siguiente año, por haber hecho tan poco, por haberme guardado de más.
Pero, también fue el año en que pude encontrar el espacio (y la valentía) para ser escuchada por personas que, a pesar de todas mis fallas, locuras y defectos, me estiman lo suficiente para entenderme e ir más allá de lo que digo, de lo que mando, de lo que pido. Lo que es más importante, por quienes saben sin decir una palabra, que entienden lo que hay entre líneas, entre gestos, miradas, silencios.
V
Cuando leí a Didion, su libro no me impactó como ahora. Sus palabras llegan, varios años después, y encuentran un espacio para quedarse. Las palabras encuentran su sentido en el momento justo, se acomodan para dar cabida a una idea que solo puede expresarse de una manera, a su manera.
La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Tú te sientas a cenar y la vida tal y como la conoces se acaba.
Joan Didion, El año del pensamiento mágico.
Lo mismo puedo decir de la vida: las experiencias adquieren sentido y cauce en el momento justo, se acomodan para dejarnos el aprendizaje que necesitamos para ser de una manera: la nuestra.
***
P.D.: Elijo leer y escribir mucho este 2024, terminar los libros del buró y el poema de largo aliento que ha sido más largo de lo que imaginé. Elijo tomar café y vino, en mi mini-yeti y mi mega-copa. Elijo escuchar más canciones infantiles y pagar Spotify. Elijo atesorar más anécdotas de mis niños (de los propios y ajenos). Elijo seguir siendo tan intensa como soy. Aburrir mucho y cansar de más. Elijo no sentir culpa por lo que queda atrás y enfocarme en lo que está al frente. Elijo limpiar y sentirme tranquila, comprarme ese desarmador eléctrico y plantar muchas flores más. Elijo conocer más lugares y menos personas, tomaré fotos y, seguro, saldrán ideas que contar.
