La mujer que tú nunca soñaste para mí.

Poesía:

palabras que caen,

gotas de lluvia sobre un techo de lámina.

Insistentes, fastidiosas, dulces, cansadas.

Las figuras poéticas nacen de la interacción que se da entre los sentidos y el intelecto. ¿De qué otra manera decirlo? Expresar en palabras la belleza, la emoción, la gratitud, el dolor, la sorpresa, es un talento de pocos.

Lo mismo que para el fotógrafo es capturar en una imagen el instante en que el sol se pone tras la montaña, resaltando el color del cerro o el brillo entre las ramas de los árboles, así, el poeta captura en un verso esa emoción que le llena de pronto y que no puede aprisionar en un frasco cual luciérnaga en el atardecer.

«El sol me está mirando a los ojos,

yo lo rechacé»,

dijo Nicolás, mi hijo de 6 años, una mañana que íbamos camino a la escuela.

Sencillo.

Aparentemente, sencillo.

La poesía es, muchas veces, subestimada. Pensamos en ella como una forma de la literatura, con la cual hablamos casi exclusivamente del amor, del desamor, del odio y el rencor que surgen cuando nos decepcionamos. Pero, la poesía es algo más. Es la posibilidad de poner en palabras, de escribir o cantar o recitar, lo que no podemos aprehender, lo que queremos que trascienda.

Mis pasos hacen eco en el callejón

y el desconocido reconoce mi pesar.

Sílabas correctas

creando música.

El tono, el ritmo, la copla.

No hace falta vernos la cara.

Basta el sonido, la tónica y la átona.

Basta la velocidad, el tiempo,

el tacón estrellándose,

el pie descalzo.

En su libro Me llamo cuerpo que no está, de Cristina Rivera Garza, se reúnen no unos cuantos poemas. Se reúne una década de poesía de la escritora Tamaulipeca; más de ciento veinte poemas publicados en cinco libros:

  1. Los textos del yo (2005), 
  2. La muerte me da (2007), 
  3. El disco de Newton. Diez ensayos sobre el color (2011), 
  4. Viriditas (2011)
  5. La imaginación pública (2015).

¿Mi favorito?

Los textos del yo (2005). Libro I. La más mía, poema «El hombre que era el diablo del deseo», página 46, verso: el último.

Así como en El invencible verano de Liliana (2021) un trayecto en un típico pecero defeño es casi tan emotivo como un verso de Jaime Sabines, en Los textos del yo una madre hospitalizada, una sonda, el estetoscopio, la ventana de la habitación, el olor a medicina, nos llevan una y otra vez a nuestra infancia, nos recuerdan a una mujer fuerte que en algún momento nos cargó en brazos y que antaño perdió a una hija de una forma dolorosa e inimaginable.

Sentada en la sala de espera o en el sillón de una incómoda habitación, imagino a la autora pensando en esa madre a quien decepcionó de varias formas: por no ser la hija, la madre, la mujer que ella soñaba; por ser la hija que «le quedó», la rebelde, la claridosa, la que devela los secretos familiares, la escritora.

Entre el dolor, la intelectualización, el reconocimiento del cuerpo, nace la imagen, la metáfora, el símil. Entre enfermeras y órganos expuestos, surge una belleza que, sutil y volátil, conmueve. Entre tecnicismos y frases incompletas, nace.

Cristina Rivera Garza no escribe en un momento de inspiración, de una ventolera apasionada después de un rompimiento o de un contrato que la obliga a cumplir con una cuota de páginas. Eso creo.

Experimenta y explora las posibilidades del lenguaje, lo manipula y juega. No teme a la tecnología y nos comparte la diferencia entre el ser humano y la máquina. Nos hace ser y sentir identificados.

Es el lenguaje, su lenguaje. Las palabras que nos da, las que omite. Las palabras que se plasman desde el diccionario, las que no riman ni concuerdan con el esperado final. Las palabras que nos dan vida, las que nos la quitan, las que se escurren desde el techado haciendo un camino hasta las flores.

Lean:

EL HOMBRE QUE ERA EL DIABLO DEL DESEO

El hombre que tú soñaste para mí llegó con la piel equivocada
que era roja
llegó despidiendo el aroma indistinguible
del azufre de su tierra bajo la tierra
llegó con las pezuñas de cabra y con los ojos
de ciego.


El hombre que yo temí desde antes que existiera
era tu deseo
y era mi pesadilla.


Él iba a abrir mis rodillas y a sacarme del sexo
el hijo que tú querías.


Él iba a apretarme las bridas y a domarme
las ansias con la disciplina del amor.


El hombre que tú deseabas para mí
era más poderoso que yo.


Él iba a retozar en mi lecho y a beberme la sangre
noche tras noche y durante el día.


Él iba a darme la palidez y la debilidad y la cordura
de lo que es dulce y está muerto.


Él iba a desdoblarme como un mapa y a colocar
las banderas de su conquista sobre mis senos
sobre el ombligo, dentro del sexo
y en todos mis huesos.


Él iba a llevarme a su casa y a construirme
un mundo como el tuyo.


Pero el hombre que era el diablo del deseo
que tú querías para mí
aquí dentro de mi sexo
doblegándome de placer y callándome
con la lengua húmeda de sus besos
tuvo que medir fuerzas con las mías.


Él tuvo que sentir el mástil de mis banderas
sobre sus ojos, sus brazos, su sexo.


Tuvo que saberse pálido y débil y cuerdo
como lo que es amado y dulce y está muerto.


Él tuvo que vivir en la casa que yo construí.


Y justo como yo antes de que él existiera en mí
él me temió y él me maldijo
y maldijo el amor, la disciplina feroz del amor
la injusticia y la desigualdad de todo el amor.

Entonces
sin saber
sin notarlo apenas
llegó la mujer que tú nunca soñaste para mí.

De La más mía, Cristina Rivera Garza.

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