Escribir, salva

Reseña “La promesa. Amor, desamor, perros y gatos”.

Escribir es un arma de doble filo: por un lado, salva nuestra vida de la cotidianidad; por otro, expone quiénes somos sin tapujos. Leer La promesa. Amor, desamor, perros y gatos me recuerda que escribimos desde quiénes somos. Podemos intentar huir de nuestro pasado, de nuestra historia, pero la escritura nos devela. Somos detrás de cada palabra, de cada imagen que se plasma en el papel, de cada cita o frase hecha que elegimos para expresar aquello a lo que damos importancia. 

Quienes escribimos, ya sea de manera personal o profesional, vamos descubriendo, a fuerza de trazos, de malestar en la mano, de ojos cansados, de horas y horas de lectura y del innegable dolor en el ego a causa de la corrección, que escribir va más allá de un destello de inspiración. 

La escritura se convierte en el salvavidas en medio del océano. Sí, es cierto que permite liberar toda esa carga de emociones que vamos acumulando en el trajinar diario, pero, es más que eso. Es una demostración de persistencia, una lucha contra el tiempo, una forma de dejar una pequeña marca de todo aquello que apreciamos y que sabemos no se puede pasar por alto. 

Es así como leo a Carlos Chack. Inevitable leerlo desde el profundo reconocimiento como neurólogo y como un gran ser humano que, ni el tiempo ni el cansancio han desalmado. Repito. Es así como leo a Carlos Chack. Primero, en su libro de cuentos Cuentos del Facebook. Para jóvenes de nuestro tiempo y, ahora, en la novela La promesa… Lo leo y no dejo de encontrar esos guiños al conocimiento que tiene del ser humano, del ego haciendo de las suyas en la vida, sin darse cuenta de que hay un inconsciente que, inexplicable, se manifiesta en cada decisión, en la forma en que percibe el mundo y cómo lo enfrenta. 

Carlos busca que al lector no le quede duda que la historia familiar, los deseos y temores de los padres, los gustos y creencias de los abuelos, y hasta la genética, juegan un papel importante en quiénes somos, cómo hablamos y qué mascota elegimos. 

Las emociones, aun cuando las demeritamos, se van encallando en el cuerpo, entre los huesos, en la grasa acumulada, en la postura que vamos adquiriendo con el paso de los años. De alguna forma u otra, se manifiestan. Por más que intentemos hacerlas callar, emergen y, el autor, elige hacerlo a través de la prosa, de algunos versos, de letras talladas en el tronco de un árbol, en medio de la historia de amor de dos niños que aún no saben qué es lo que sienten. Y es ahí, en esa conciencia natural de una niña, que nace un diálogo entre autor y lector, en el cual se reflexiona acerca de la existencia, del continuum del tiempo, de la trascendencia y del valor humano que se expresa sin reservas al descubrir que la vida es solo un instante. 

En su escritura, descubrimos a un autor que cree en el amor, que valora la expresión del mundo interno y que, encuentra en la narrativa, una forma de trascendencia.

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