Durante este año, entré en el mundo de Murakami. Y lo digo porque en medio del realismo, el surrealismo, el romanticismo, la ficción, la realidad y la ciencia ficción; entre los guiños a la literatura, al cine, a la música y a la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, el autor crea un mundo alterno, un mundo en el que los personajes, por muy japoneses que sean, terminan siendo yo, tú, mi amiga, el amor, mi ex y tantos más con quienes los relaciono o identifico.
Empecé a leer mal a Murakami, tal vez, porque lo primero que leí fue De qué hablo cuando hablo de escribir, en donde narra la forma en que terminó siendo escritor, su rutina y, en sí, el oficio del que y para el cual, vive. Indudablemente, quedé prendada de su obra. Desde entonces, lo he estado leyendo y conociendo. Cuando un autor me interesa, quiero comprenderlo a fondo. Es casi nobel de Literatura (no dudo que pronto será reconocido). Decidió ser escritor a fuerza de escribir. Se obligó a aprender inglés, escribiendo y traduciendo. Corre. Colecciona vinilos. Fan del jazz. Es rutinario y ordenado. Tiene un gesto de felicidad a medias. Es poco convencional. Pero, su mayor atractivo es, sin duda, la sencilla forma de mantenerte atento a la lectura.
El libro.
Lo que hoy me trajo aquí no es una novedad. El libro Hombres sin mujeres, tiene una década desde su primera edición (abril del 2014). Se trata de siete relatos de hombres que de alguna manera u otra se quedaron sin la mujer, sin ella.
Y, ¿qué significa quedarse sin mujer? El insight llega al terminar de leer el cuento que da título al libro, que no de forma gratuita es el último. [Un hombre sin mujer es como decir una mujer sin hombre. Yo me di el derecho de generalizarlo porque me sentí identificada con varios de sus personajes]. Les puedo decir que, en mi interpretación de los cuentos, un hombre sin mujer es un hombre que se queda sin respuestas, se queda sin su música, sin la molestia de esa alma hiperactiva que no deja de moverse o de ir de un lado a otro. Un hombre sin mujer es aquel que pierde el apetito, el que espera por horas, días, meses, años sin asomarse a otra relación, el que huye del dolor como quien huye de un pasado trágico. Un hombre sin mujer es el que no olvida la canción que sonaba en el radio, el que recuerda esa(s) primera(s) vez(ces).
En eso consiste perder a una mujer. Y en ocasiones perder a una mujer supone perderlas a todas. Así es como nos convertimos en hombres sin mujeres. Al mismo tiempo perdemos a Percy Faith, Francis Lai y 101 Strings. Perdemos los amonites y los celacantos. Nos quedamos, naturalmente, sin su encantadora espalda. Yo solía acariciarle la espala a M con la palma de la mano al ritmo del dulce compás ternario del Moon river de Henry Mancini. My huckleberry friend. Lo que nos aguarda al otro lado del meandro… Pero todo eso acabó desapareciendo. Sólo quedó un trozo de una vieja goma de borrar y la legía de los marineros que se oye a lo lejos. Y, por supuesto, el unicornio que, solitario, alza su cuerno hacia el cielo al lado de la fuente» (p. 267).
No puedo transcribir la sensación de leer el párrafo anterior, tras los relatos que componen el libro. Estos cuentos nos llevan de la mano, cayendo en una resbaladilla en espiral. Nos va dando pistas, nos envuelven con su música, crean y recrean un ambiente para que, al llegar al suelo, nuestro corazón se hinche y el aire en el pecho parezca insuficiente. Emocionan y entristecen, deprimen, oprimen, nos abren una puerta.
Dos cuentos.
Kino resultó ser mi favorito. Un hombre «normal», que encuentra a su esposa en la cama con un compañero de trabajo. Hasta aquí, una historia cualquiera. Kino y su mujer se divorcian, abre un bar, cambia su vida radicalmente. Está viviendo como en el ensueño, aletargado. No le molestó tanto como debería. Pasa el tiempo y se siente asediado por algo o alguien desconocido. Huye. No sabe de qué, pero el “algo” o el “alguien” lo encuentra. Toca a su puerta o a la ventana de su habitación (aparentemente). Y ahí, en plena noche, con una tormenta de fondo, Kino vuelve a unirse consigo mismo: «Sí, tengo una herida y muy profunda», dijo en voz alta. No saben lo que se siente leer este cuento. Y sí, lloré con él. Me sentí él. Envuelto en música, solitario y meditabundo, Kino.
Hombres sin mujeres es la historia que da título al libro y, con él, cierra el autor. En pocas palabras (y sin revelar de más), trata de un hombre que vive enamorado (en secreto incluso para él), de una mujer a quien conoció en la primaria, siendo niños. Era del tipo de mujer que parte su borrador y te regala la mitad. Imagínense. Del tipo que imagina el cielo como un espacio tan amplio en el que solo cabe la música (toma una bocanada larga e intensa de aire fresco, mientras escuchas jazz). Del tipo que tiene sus cosas qué hacer y no te fastidia el día. Pero, no era del tipo de mujer que se quita la vida y, al final, se la quita, dejándote, precisamente sin ella.
Murakami nos lleva de la mano. Japón se convierte en EEUU, en México, en Acuña. Las mujeres son inestables, sumisas y reprimidas. Las mujeres tienen su menstruación y se las arreglan para tener sexo en esos días. Las mujeres usan tampones y ropa interior de algodón (pensé en Froot of the loom). Los hombres toman whisky, brandy y vino tinto. Los hombres huyen del compromiso hasta que se enamoran y entonces se aferran a la mujer. Los hombres se esconden detrás del dinero, del prestigio, del deber ser. Personajes tan aparentemente simples, pero tan complejos que nos permiten experimentar sus emociones.
Para leer el libro, preparé esta playlist, con las referencias que nos ofrece el autor. Algunas de las canciones ya están remasterizadas, pero creo que nos ayudan a crear una atmósfera más apropiada para lo que viene. Que lo disfruten:
P.D.: Drive my car, basada en este libro, está en Netflix
https://www.netflix.com/mx/title/81587951?s=i&trkid=258593161&vlang=es

