Prólogo al libro Sala de espera de Alicia Rocha, Melissa Sánchez e Hilda Zavala.
"Y cuando escribas no mires lo que escribas,
piensa en el sol que arde y no ve y lame el Mundo con su agua
de zafiro para que el ser sea y durmamos de asombro (...)",
Gonzalo Rojas.
Las palabras en este prólogo hablan de la experiencia personal al leer Sala de espera. Son palabras que reflejan la interacción a distancia entre tres autoras y una lectora. Es un diálogo en el que no hay lugar para el debate. Las palabras puestas sobre el papel son de dominio público o, mejor dicho, de dominio personal para el lector. El sentido que adquieren frente a mis ojos será, seguramente, un sentido único, plagado de recuerdos y experiencias, de amores y desilusiones, de canciones y tarareos. Tratan de aquello que la poesía despierta, revive, golpea. La lectura, como el amor, se manifiesta en un acto personal que refleja más quiénes somos como amantes-lectores, que del amado-escritor.
Los versos de Sala de espera son escritos desde la genuina pasión por la literatura y la necesidad de expresar lo inexplicable, lo que perdemos a simple vista, los espacios vacíos, la inexistencia. Porque, ¿qué es la ausencia sino una presencia atemporal? ¿Qué, sino media cama tendida? ¿Qué, sino el eco ausente de una voz que llega desde la distancia? A través de sus versos, las autoras embisten directo al inconsciente, sin dar tregua, hablando con nuestra voz interior, mientras un verso resalta, desanuda las cartas escondidas bajo el colchón, nos conmueve y nos incita a cantar, a rimar, a ver la belleza en aparentes futilidades.
Sala de espera no es un libro, sino tres. Su forma, como el fuego, surge con la primera hojeada: una base que da soporte a la llama creciendo con el viento, que ilumina la noche con sus colores vibrantes y se extiende de la tierra hasta el cielo, sus brasas vuelan y se pierden en el horizonte. Una figura triangular perfecta que, conforme vamos adentrándonos a ella, giramos y giramos. Una de las autoras apuntala, en una dirección, en otra, rumbo a la melancolía, al deseo furtivo, a un incierto futuro que desata una crisis de ansiedad. Dos autoras le dan soporte, permanecen con los pies en la tierra, soplan, palmotean al fuego.
El libro resalta lo estético de la cotidianidad: reconocer el sonido de una gota que se fuga, como las lágrimas que recorren nuestra cara y se pierden entre los dedos; la dolorosa belleza de una cicatriz que bien puede ser signo de una vida [del deseo de una vida] o del paseo cercano a la muerte; la sencillez de una palabra elaborada y rimbombante en medio de un cuadro popular; la apropiación de rituales y magia heredados de nuestros ancestros para dar forma a los pensamientos que llegan sin invitación, que se quedan en un presente en el que nos sentimos incompletos.
La ausencia toma diversas personalidades en Sala de espera.
***
Primer vértice.
Ausencia. Una matriz vacía, un hombre despreciando la vida, extrañar desde una falsa libertad, el sonido hueco en el departamento, la introversión de una artista, el desconocimiento del otro, el pequeño e imperceptible cambio en la rutina, la alusión a un sutil cristianismo, olvidar y ser olvidado. En la poesía de Melissa, predomina el verso libre y la literalidad. Versos cortos que se acomodan como notas musicales en su partitura. Hace uso de la repetición, para remarcar el sentido: ¡libre… libre… libre! Soy este cuerpo… soy ese árbol… soy esa orquídea… soy un océano de monstruos submarinos…
Melissa personifica los elementos de la naturaleza, relacionando la soledad con ese árbol sin ramas, derrumbado, que mira al horizonte, o la conversión de una mujer en el ala de una mariposa, que aletea y observa desde la distancia. Las referencias al cristianismo y a la mitología permiten que nos sintamos identificados y reconocidos, como en Apocalipsis I, Ícaro en el asfalto y Bendición, que nos llevan a la reconciliación que nace del caos.
El espacio que generan sus poemas está habitado por la añoranza de un amor que lo remueva todo, que dé el sentido a lo que somos, que rompa con ataduras, remordimiento y culpa, despertando hacia la vida, lanzándose hacia ella sin el miedo a la pérdida y el dolor, libre de ansiolíticos, libre aprehensión, libre de aburrimiento. La ausencia es engaño.
Segundo vértice.
Ausencia. Un acento en el amor. Las marcas del tiempo sobre una piel madura. Los ancestros renacen una y otra vez, en la cocina, en el maíz, de la tierra. Leyendas inmanentes a los callejones de un pueblo que se disfraza de ciudad. En la poesía de Alicia, los sentidos son llamados por el aroma de las hojas de menta y albahaca, la canela y el café, el incienso y el copal; el color dorado de la parcela, los colores del altar de muertos, el carmín de la vida que delata la fertilidad.
De manera recurrente, se crean imágenes que nos llevan a un pasado que, aunque nos haya sido inaccesible, pasa de una generación a otra a través de las historias que se cuentan alrededor de la mesa, que viven en nosotros al igual que en nuestros genes viene determinado el color de nuestros ojos o el rizado del cabello de una abuela a la que apenas conocimos.
Con sus versos cortos y libres, los poemas de Alicia tienen mucho de lírico, pero rayan también en lo épico. Son poemas que narran historias. No se trata de versos aislados que se rompen al final de una línea, sino versos que se hilan unos con otros y que trascienden a las historias que se cantan por la ciudad. Desde una familia que vive del campo, hasta una versión personal de Rosita Alvirez. Las comparaciones son recurrentes y nos permiten dar ese salto de la figura poética a la realidad: como párpados cansados, el día que se escapa; como el suelo seco, sus manos agrietadas; como inocente ángel, una abuela que camina contoneando sus caderas; como olas encallando en la playa, la albahaca moviéndose al compás del viento.
La ausencia es ambivalente. Un pie en el pasado, otro intentando seguir adelante.
Tercer vértice.
Ausencia. Muerte y destino. Una ciudad que se dibuja en las cicatrices del cuerpo. El injusto azar. La vida enterrando nuestras raíces, en una falsa modernización. Una narrativa poética o poesía en prosa. Hilda recorre el camino hasta la ausencia a través de versos largos, versos que se convierten en párrafos, alternados con versos cortos a los que da formas. Haciendo uso de los espacios en blanco, recuerda las formas creadas por Tablada.
Un río que pasea nuestros ojos de un lado a otro de la página. La alternancia entre los versos y una música que, seguro, todos podremos cantar; diversas métricas, tipografías que se complementan, voces que se hablan al interior del poema. Sus ideas son balas que nos atacan, sin reparo. Una idea que se corta y da paso a otra y otra. Versos que nos detienen en seco, que hablan de aspectos tan cotidianos como un aromatizante, hasta aquellos que no lo son tanto -y que incluso tememos-, como la muerte: la propia, la del otro, la del amor, de la esperanza.
***
La ausencia es una embustera. No es vacío, es un fantasma rondando alrededor nuestro. Brinca para que no la pasemos por alto. Retuerce el camino. Nos dobla la mano para obligarnos a despertar, a volver, a andar, a seguir caminando, a dar vuelta a la página y cerrar el libro. Porque, ¿qué es la ausencia sino el reflejo de esos huecos que llevamos por dentro? ¿Qué, sino lo que nos completa? ¿Qué, sino esas marcas del pasado que nos acompañan de por vida? ¿Qué, sino la esperanza de sentirnos vivos y plenos alguna vez?
Liliana Contreras Reyes.
Saltillo, Coahuila, octubre de 2023.
