MÁS QUE SIMPLEMENTE CORRER

Primero el yoga, luego correr. En ese orden fui recuperando, de a poco, el control sobre mi cuerpo, mi salud, mi bienestar en general. Más allá de las sustancias químicas en el cerebro, las endorfinas y el famoso cortisol, la práctica física me ha devuelto la consciencia y el control de mí misma.

Empecé a correr «obligada» por mis hermanas que decidieron celebrar sus cuarentas y cincuentas con una carrera. Nos decidimos cerca de 8 meses antes y esperé hasta el último momento para empezar a entrenar. El primer registro dice que corrí en 10´23´´ mi primer kilómetro y solo aguanté dos, con una sensación de muerte que me recorría por todo el cuerpo. Para ese momento, tenía casi un año practicando yoga al menos tres veces por semana. Yo pensaba que eso me daría algo de condición. Error.

Cinco meses después, llegué a la carrera con (según dicen las estadísticas) alrededor de 30 mil personas. Desde que me puse el número y la gente empezó a aprisionarme entre porras y calentamientos, me cuestioné qué estaba haciendo ahí, por qué tenía dos hermanas deportistas, por qué se les ocurrió celebrar de esa manera, a quién le gusta sufrir de oquis. Corrí la carrera. Entre emocionada y temerosa de caerme en medio de la pista, corrí y corrí y pensaba en la motivación de los que iban alrededor, a qué hora nos darían agua, si sería posible tener un infarto a tan «corta» edad, si no se me caería el short, si estaba demasiado gorda para andar corriendo, por qué había gente corriendo sin número, con tantos gritos y jadeos, los audífonos no servían de mucho, así que la música cuidadosamente seleccionada para el caso fue un fiasco.

(Al principio, eran 10, pero he ido acumulando: https://open.spotify.com/playlist/1PXtBxvALuAoJJWAMY6A0n?si=Z-y4IfOvR8OE6g0GwGUbwQ&pi=u-EoKbefDxTd-R).

Llegué a la meta. En contra de todo pronóstico y ante las sonrisas descansadas de Liza y Mary, llegué a la meta. Roja, morada, azul. Empapada. Pero llegué. Al fin, regalo entregado, felices cuatro y cinco décadas. Le regalé a Mary las calcetas compresivas con alas, porque ya no las iba a necesitar.

Sin embargo, cuando volví a casa y me encontré de nuevo en la rutina diaria, sentí que debía seguir corriendo. No he estado en un grupo de running, tan de moda. Había entrenado sola desde el principio y, después de meditarlo, me di cuenta de que el principal obstáculo al momento de correr no eran ni mis piernas, ni mis pies, ni mis pulmones. Era mi cabeza.

No podía dejar de pensar en los pendientes. Aunque el entrenamiento fuera de 20, 40 o 60 minutos, me parecía demasiado tiempo. Así que pedí ayuda para correr más rápido y aquí entre el coach Augusto González y entra la lectura del libro de Murakami (a quien casualmente me encuentro estudiando) De qué hablo cuando hablo de correr. Anteriormente, había leído De qué hablo cuando hablo de escribir en donde hace referencia al primero, así que una cosa llevó a la otra. Murakami es corredor de largas, muy largas distancias, de la misma forma que es escritor de largas, muy largas novelas.

No es novedad que al leer encontremos respuestas, nos veamos reflejados o nos inspiremos para hacer o seguir haciendo algo. Tal fue el caso. Como se trata de un libro autobiográfico, en torno al tema de correr, es sumamente alentador en doble sentido: en el de la escritura y en el del esfuerzo físico. Lo resumo usando las frases que más me resonaron en este momento en particular de mi vida. Parecerá, pero no es tan largo.

  1. Correr. ¿Qué pensar mientras se corre? Habrá quienes tengan mantras, quienes vayan observando y describiendo el paisaje, quienes canten, quienes no piensen en nada y quienes, como yo, solo vayan convenciéndose de seguir. Lo cierto es, como dice el autor, la pregunta de «qué pensar mientras…» ocurre en diversos ámbitos de nuestra vida, hablando de trabajo, relaciones, escuela. En particular, al momento de escribir. ¿Qué me mantiene escribiendo un libro, un cuento, un poema que quizá no le diga nada a nadie? ¿Por qué lo hago? ¿Qué me hace escribir esta pseudo-reseña? ¿Qué, terminar un libro de 557 páginas sobre atentados en Japón? ¿Qué, leer sobre agujeros negros o sobre autismo? Mi respuesta es que lo hago por esa sensación de estar viva, de poner en concreto lo que hay en mi mente, de dar forma a las ideas revueltas que se atiborran y que me dicen menos que cuando las organizo y las plasmo sobre el papel (todavía prefiero hacerlo a mano).

2. Ser distintos nos permite ponernos en marcha y perdurar como seres independientes. El autor habla de cómo nuestra naturaleza individual nos lleva a contraponernos a los valores, forma de ser y percibir el mundo de los demás, lo cual puede generar críticas, rechazo, pérdidas, renuncia. Pero el ser quien soy es lo que me permite ofrecer al mundo lo que ofrezco. No deja de ser doloroso, por supuesto, pero es uno de los «bienes más preciados» que tenemos, por lo cual Murakami se expone a sí mismo como un ser imperfecto, obsesivo, ordenado, individualista, persistente. Acepta y es lo que es. Un escritor, un corredor, un solitario. Que acepta las críticas, fundadas o no, guardando sus sentimientos para verterlos en sus novelas.

3. Aislarse es inevitable. Partiendo de lo anterior, quien escribe, quien corre, se aísla poco a poco. Lo pienso y lo entiendo. Para escribir y para leer necesito estar sola. Hay una cierta aura alrededor de ambos procesos. Necesito de un tipo de silencio o, mejor dicho, de cierto sonido controlado por mí, que me permita concentrarme, hablar, leer en voz alta, repetir frases, tomar notas. Cuando estoy con alguien más, este proceso puede ser difícil de comprender, desde: ¿por qué en lugar de ver el paisaje por la ventana vas leyendo? ¿Por qué leer en lugar de ver la televisión? Hasta, ¿por qué no te gusta «Encuentra a tu persona vitamina»? ¿Para qué comprar más libros si no has terminado los que tienes? (Pedí De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, antes de terminar De qué hablo cuando hablo de correr y con apenas cien páginas leídas de Underground de Murakami). Por supuesto, no estoy sola, pero quienes están a mi alrededor seguro son muy pacientes y comprensivos.

Al correr, en lo personal, también lo hago sola, porque no tengo un horario fijo, no sé llevar un ritmo compartido, no me gustan las porras ni las frases motivacionales, porque lo considero un tiempo para lidiar con mi mente, conmigo y con mis planes e ideas. A veces solo canto, otras solo me convenzo de seguir. A veces cuento los pasos, otras las rayas de la banqueta. Intento dar la zancada más larga o no pisar las líneas. Pocas, me pierdo en mis reflexiones y pensamientos, sin noción de lo que ocurre hasta que la aplicación me marca la distancia recorrida.

4. Llegar al manantial de la creatividad. Murakami habla de escritores a quienes la escritura se les da de manera natural. «Yo no soy como ellos», dice. Pues yo, tampoco. O, al menos si lo pienso, no escribo como en ese discurrir de consciencia del que hablan algunos. No dejo que las ideas se plasmen tal como las pienso, sino que busco una clara intención de lo que quiero decir y cómo. Sea bueno o malo, es otra cosa. Es por ello que el autor habla de que, para escribir sus libros, debe «tomar el cincel y el martillo e ir picando poco a poco el suelo rocoso hasta abrir un pequeño boquete», sin lo cual no logra llegar al «manantial de la creatividad» (p.63).

Escribir, como correr, requiere fuerza física y persistencia. Requiere tiempo y esfuerzo. Cada novela, como cada carrera, implican empezar a cavar desde cero.

5. Empecé a correr a los 42. Sé que es tarde y sé que para alcanzar una meta que me he trazado necesito esforzarme mucho más que si lo hubiera hecho a los 30. Hace como un año, durante una práctica de yoga, sentía un estiramiento incómodo. La maestra se acercó a mí y me acomodó. El dolor no desapareció pero se volvió manejable. Si yo hacía y deshacía el movimiento hacia donde me habían corregido, el dolor iba y venía. Tenía el control.

Murakami empezó a correr a los 33 y tiene un registro de kilómetros impresionante. Es terco, sin duda. Orgulloso, demasiado. ¿Cómo podría renunciar a una carrera solo porque el sol de verano de Italia le está sacando ampollas en la espalda? ¿Cómo podría renunciar si las piernas acalambradas responden bien al movimiento de sus brazos? Pero, estos logros son para sí mismo. Para cumplir con sus propias métricas, para saberse capaz y tener esa sensación de control sobre su cuerpo, su mente y su vida. Lo que ha obtenido es directamente proporcional a lo que se ha preparado. Es lo que dice. No hay vanidad en sus palabras.

6. La sensación de éxito no siempre llega cuando se cruza la meta. «La existencia no tiene sentido solo porque tenga un fin», sino por la existencia misma. Correr no tiene sentido solo porque tenga un fin, sino por el correr en sí mismo. Escribir no tiene sentido solo por terminar un texto, sino por escribir en sí mismo.

Esa sensación del aire que entra controlado a los pulmones. La sensación de que una idea queda tan clara y bella sobre el papel. La sensación de que estamos aquí. La certeza de que somos capaces. La impresión de que un japones tan lejano, tiene sentimientos tan humanos y nobles, al mismo tiempo que, solo por el hecho de llevarse a sí mismo un paso más allá, se expone a tal dolor físico y a tal prueba mental (me recordó a Virginie Despentes en La teoría de King Kong). (Esta frase la tengo que escribir en grande, en negritas y cursiva).

Eran la alegría y el alivio de saber que todavía quedaban dentro de mí fuerzas suficientes para asumir voluntariamente situaciones de riesgo e ir capeándolas (p. 157).

7. Está en mi naturaleza. Ya lo dije antes. Somos lo que somos, es inevitable. Hace poco dije que dejaría de «echar carrilla», dejar el sarcasmo de lado para relacionarme, sobre todo, con las personas más jóvenes que yo. Es parte de mí, porque fui educada de tal forma y en tal momento. Este libro me refuerza en gran medida mi forma de ser y de pensar, pero va en contra, MUY en contra de la forma de pensar de muchos de quienes me rodean. ¿Podré dejar de hacerlo? La respuesta fue solo que debo relacionarme menos.

El aislamiento es inevitable. Mientras tanto, seguir siendo la cigarra que se agarra de los árboles, seguir siendo pseudo-corredora de distancias cortas y escritora de medio tiempo. Este post, más que sobre simplemente correr, es sobre simplemente escribir.

Murakami, Haruki (2024). De qué hablo cuando hablo de correr (25°reimpresión). Ed. Tusquets: México.

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