«Te regalo mis piernas,
recuesta tu cabeza en ellas.
Te regalo mis fuerzas,
úsalas cada que no tengas.
Te regalo las piezas
que a mi alma conforman»,
Carla Morrison.
Por primera vez,
quise renunciar a quien soy por un instante
para cantar en soprano esa canción
que yo no escribí.
Cantar tan alto y sin pena,
que dejando de lado la duda,
la parte difícil del camino,
que me trajo a ti,
quede al descubierto.
Que ese suelo,
por veinte años oculto
bajo las hojas de cipreses y abedules,
se revele con cada nota.
Que el temblor
de mi voz inexperta
remueva con su vibración y aliento
los dorados pétalos de este perenne bosque.
Y piedra tras piedra
se ilumine la ruta
que la lluvia y el viento
ocultaron bajo el ruido
y la rutina
y el miedo
y la soledad
y el tiempo.
El tiempo.
Que el tenue
y tímido rayo de sol otoñal
escape de entre las ramas
para anunciar tu llegada.
“Déjame mirarte a los ojos”,
déjame conocer su mensaje.
Déjame decirte,
en silencio y entre líneas:
que a falta de voz,
te regalo mis letras;
a falta de una canción,
te recito un poema;
a falta de tiempo,
te regalo mis noches,
para abrazar tus intermitentes sueños
y amanecer con ellos entre las sábanas.
