DE NUEVE DE LA NOCHE A SEIS DE LA MAÑANA.

Cómo calmar esta alma
que camina las horas a la inversa
con la esperanza de encontrar,
en esos pasos recogidos,
una segunda oportunidad.

Y en ese imaginario regreso
tocar de nuevo tu perfil
para descifrar una imperceptible señal,
—invisible a la luz del día,
latente al tacto de mis manos—,
que delate un corazón vivo.

Recargo mi oído en tu pecho,
sensible a la señal del mañana,
al sonido de un tiempo que,
inexistente,
nos marca la pauta,
regalándonos con sus líneas
una prometedora imagen de un largo futuro,
que saluda cada atardecer
y duerme cada mañana
y,
en ese periodo de aparente obscuridad,
robarle a la noche un beso,
estrechar tu mano entre las mías
y trazar en ellas la ruta de tus venas:
latir, en calma, latir,
y decir “vida”,
sin detenernos,
huyendo del rayo de luz
que nos estira al siguiente día,
al que sigue,
y que, inevitable,
nos abre los párpados,
se aloja en el pecho,
robándonos ese minuto más,
esa noche,
de ese abrazo.

Y ya con el sol dentro,
recorrer el camino de vuelta:
porque desde las seis de la mañana
deshago las horas hasta llegar a las nueve de la noche,
y ese tiempo es sólo mío.
Porque de seis a nueve,
mientras recojo los pasos andados
y la ropa tirada del piso,
me encuentro de nuevo contigo,
más mío, más tú.

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