Como cada fin de año, es inevitable la reflexión. El analizar cómo vamos en esa larga ruta que llevamos y, el 2024, no se queda atrás con su ajetreo y sus revoluciones. Re-volcaduras, diría, si la palabra existiera. Empezar el año medio confusa y llena de cambios radicales en mi vida. El vacío que viene después de un periodo largo -muy largo- de estrés que viví a escondidas, incluso de mí misma. Resumo, repito, resumo.
El hogar. Dos o tres visitas en el año son un remanso de paz. El lugar conocido y que, aunque imperfecto, nos da certidumbre y seguridad. Un manto que protege, nos envuelve y hasta nos define.
Correr. No pensé el cambio o el impacto que tendría el hacer más ejercicio. El mensaje me ha llegado cada vez más claro: no hay camino corto para la salud y el bienestar. Empecé a correr sobre las hojas secas y el 2025 lo empecé de la misma manera. Correr en el frío. Hacer crecer los pulmones hasta congelarlo todo. Saber que puedo. Saber que sobreviviré a uno, cinco, diez, doce y, ahora, veintiún kilómetros. Hinchar los pulmones. Enrojecer la cara y el cuerpo entero. Cuántas palabras no dichas, emociones contenidas, cuántos «no» que debí liberar a tiempo se vuelven nada después de una carrera. Endorfinas. Fuerza. Bienestar. Una felicidad que nace del dolor, del esfuerzo mental, de la resistencia, del poder dialogar con uno mismo por treinta minutos, una hora, dos horas, el intento por no pensar y dedicar ese momento a la contemplación. Una felicidad que nace de poder dialogar con alguien, no de forma fluida, sino a bocanadas. Mi forma más cercana a meditar. Sanar uno mismo.
La música. Correr también me devolvió a la música. Recuperar el diálogo entre un autor, un acorde, una melodía y la sintonía personal de cada día. Sentirme observada, contenida, comprendida, abrazada, con posibilidades de comunicarme con otra persona y entenderla aunque ni siquiera la conozco. El aire llenando mi pecho. La música llenando mi pecho. Aire frío que recorre el interior y me va descubriendo el camino a mí misma. Hay un cuerpo vivo, un corazón que baila, porque el cuerpo no. Pagar por escuchar mi música de forma ininterrumpida.
[Playlist favorito «Seremos canciones»:
https://open.spotify.com/playlist/5lIdHKn7ZTrbRegt4vzgy8?si=XB2zom4qS3-5TnzpJUOthA ].
Mi casa. Están las flores y el jardín. Están las banquetas quebradizas y frágiles. Los pisos viejos, la madera con más años de los que tengo de vida. Es mi casa, mi hogar, recuperado. Una nueva energía que fluye en ese espacio en el que duermo. Luz, claridad, orden. Ese espacio que me contuvo en momentos tristes, ahora me pertenece. Es mi centro, mi calma. Puede parecer absurdo pero abrir las cortinas, cambiarlas de color, me ha liberado del pesar, del malestar. Limpiar y sacar lo inservible, la futilidad que pasa desapercebida a fuerza de la costumbre. Caminar descalza en mi piso. Una pared blanca, una pintura o una foto inspiradora.
La vida. La fortuna de tener una vida que quiero vivir de vuelta.
Las firmas y los sellos. Los documentos con los cuales quité una barrera que me impedía sentirme menos culpable por quién soy, llegaron. Me lo dijo Haydee: «mereces estar en entornos que resalten tu ternura, no tu instinto de supervivencia», y tiene razón. Qué cansado es sentirse a la defensiva. Qué cansado que alguien se pase todo el tiempo protegiéndose de mí. Volver al equilibrio. Reconocer y liberarse de la culpa por ser imperfectos. Me quedo con el amor. El amor expresa quiénes somos; lo que hay en nosotros es lo que damos a los demás. El amor refleja a quien ama y no siempre a quien se ama y, a pesar de los años, de los errores, de las decepciones, sigue en mi interior esa seguridad de que es posible amar, es posible escribir sobre amor, es posible ser amado así como somos.
De vuelta, el amor. Llegó en el momento justo. Cuando me replegué en mí misma. Me sentí en paz, alejada del ruido, de la algarabía, de las redes, de la búsqueda de identidad fuera de mí. Llegué de nuevo a mi punto de equilibrio, mi «zona zen». Poder visitar a mi mamá sin sentirme apresurada y culpable. Reconocer que tenía tiempo para dedicarme a mí misma, para ir a yoga, a correr, para leer y escribir, para quedarme en casa, para regar el pasto o pintar una pared, para tardarme en la regadera o pintarme las uñas. Ese momento en el que se siente la «no necesidad» de estar con alguien, fue el momento. Sin esperarlo, el amor llegó y se sentó a mi lado. Espontáneo, natural, instantáneo, mutuo. Bastó un día para enamorarme. Una noche, tal vez. La ternura escondida, el tiempo tan relativo y sin pausas, la comodidad de un abrazo. La sensación de habernos conocido antes. El suspiro que dice, como en secreto: «ya estás aquí». Los pulmones con tan poca capacidad para aspirarlo todo. El corazón saliéndose del pecho. El reconocimiento de la soledad autoimpuesta en la que vivía hasta ese instante. Odiar su soledad autoimpuesta de la que espero se haya salvado, como yo. La conciencia de que la vida no será suficiente. Las cosas tomando su lugar y llenándose de sentido.
La música. La música compartida. La música original. La música dedicada. La música imaginada. La música recreada. La poesía musicalizada. Ser canciones. Sentirnos canciones.
La poesía. El intento de escribir poesía. La poesía en la cual pueda encontrar el amor. La poesía en la que puedo expresar lo que pienso. La poesía que no sólo nace de una idea, sino que nace de un momento. La poesía con nombre. La poesía robada de otros. La poesía con música. La prosa poética. La poesía para dos.
El ejercicio. El ejercicio físico. El ejercicio mental. El ejercicio diario. El ejercicio planeado. El ejercicio a solas. El ejercicio en compañía. El ejercicio de escribir. El ejercicio de cantar. El ejercicio de compartir.
Los suspiros y la capacidad pulmonar. La sensación de que el aire no es suficiente para sentir. La capacidad del cuerpo llegando al límite. El aire de la ciudad. El aire de la montaña. El aire que se respira por dos.
La posibilidad de correr. Correr hacia el mismo rumbo. Correr al lado. Correr en fila. Correr uno detrás del otro. Planes para correr. Reír después de correr. Las fotos después de correr. No poder respirar al correr. Pensar en cómo compartir las carreras con alguien más. Las endorfinas después de correr.
El tiempo tan poco y tan largo. Es relativo el tiempo, lo sabemos. Transcurre sin consideración. Tan poco en ciertas circunstancias. Tan largo, en otras. Más tiempo que vida. El tiempo que nos tomamos de la mano, pero que acaba porque hay que cambiar la velocidad. El tiempo que se escapa mientras dormimos. El tiempo juntos que parece tiempo robado. El tiempo alejados que parece aplanarse y alargarse. El año que se fue, aglutinante, lleno de cosas, las buenas y las no tanto. El tiempo necesario para recuperarnos. El tiempo que nos queda. El tiempo que nos grita: si no es ahora, ¿cuándo?
El amor (otra vez y siempre). El amor a uno mismo. El amor a la persona indicada. El amor que encuentra eco. El amor recibido. El amor dado. La expresión del amor. La comprensión del amor. Elegir estar con quien se ama. Quien amas elige estar contigo. Con miedo, pero con intención. Amar porque se ama, porque es lo que es. El amor fluyendo por sí mismo y regresando a nosotros con tal fuerza que duele el pecho. Llorar por reencontrar el amor, saber que existe. La amígdala y la oxitocina. Largos abrazos. Besos largos.
Termina el 2024, al fin, en un muy avanzado 2025. Un 2025 que a sus escasos 16 días, ya adoro. Se subió sobre la espalda del 2024 para ver más lejos. Agarró impulso y es momento de saltar. Termina el 2024 y se lleva muchas cosas, pero me deja una: fe.
