LETRA CURSIVA

Trescientas ochenta y un páginas (en la versión en español de MaxiTusquets editores), más de cuarenta canciones, diez referencias a libros, a dos películas decentes y varias indecentes, es lo que da forma y vida a Tokio blues. Norwegian Wood, del escritor japones Haruki Murakami.

Como en el resto de cuentos y novelas que he leído del autor, me encontré con ese camino trazado con letras cursivas, que me llevó de canción en canción, envolviendo una lectura fluida, repleta de imágenes descritas de forma tan detallada y tranquila, que parece que nos lleva de la mano. Subrayé las canciones que iban naciendo de entre las copas de los árboles o de una caminata nocturna. Las canciones que surgían de la tristeza por la pérdida de una amiga o de la confusión por encontrarse a solas con un moribundo, por andar sin comer en ciudades lejanas, ser alimentado por un desconocido o por compartir la casa con un gato callejero. Todo es mera interpretación.

La lectura de Tokio blues me causó una sensación extraña. Estaba de viaje y terminé la novela en dos días. No podía dejar de leer y, aunque pasaban las páginas de forma tan rápida, no lograba aterrizar la idea. No lograba aprehender el truco, el mensaje oculto, la tragedia que andaba persiguiendo. Me pasó como hace muchos años cuando leí Nada de Carmen Laforet. Sin investigar ni leer reseñas, dejé descansar el libro por casi un mes y, cuando lo retomé para escribir este texto, me cayó el veinte. Lo veo como el objeto representando la idea en sí mismo: Norwegian wood.

Puse la canción que le da título, la cual fue el detonante para que Toru, el protagonista, viajara al pasado y tratara de entender la turbia juventud que vivió al lado de dos amigos que terminaron quitándose la vida. Juventud en la que descubrió su sexualidad, la muerte, la pérdida, la soledad, pero también la compañía, el amor, la comprensión. La canción dice todo y nada. Es una letra simple, pero envuelta en esa música que nos mueve, nos lleva como en pasitos, nos arrebata de lo que estamos haciendo para decir: ¡Ah, caray! ¿Qué es eso?

Tokio blues narra una historia «simple», pero está envuelta en una experiencia multisensorial que nos con-mueve, nos lleva (de la mano), nos arrebata de lo que estamos haciendo para decir: ¡Ah, caray! ¿Qué es esto que estoy sintiendo? Porque son las emociones que todos hemos experimentado alguna vez, las que se evocan. Porque los recuerdos no pueden deslindarse del contexto en el cual los creamos: ahí está el aroma de nuestra casa, de la persona que amamos, del campo por el que corríamos, del sudor de adolescentes cuando volvíamos al salón; porque ahí están esos cielos que nos obligan a mirar hacia arriba, el color de ojos de las personas que nos obligaron a bajar la mirada, está una montaña oculta detrás de los postes y cables de luz; está el corazón palpitando de emoción o de miedo, está la impotencia por la pérdida, el miedo de revivir lo que pensábamos insalvable.

Tokio blues narra la historia de Toru – Watanabe, un hombre de 37 años que, al escuchar «Norwegian wood» en un avión, recuerda aquellos años en donde todavía era costumbre escribir a mano y enviar la carta por correo postal. Cuando estudiar la universidad era un acto de valentía, porque implicaba crecer a golpes, dejar la familia, trabajar, mal comer, mal dormir, enfrentar el dolor, la soledad, el frío, un cambio de paradigma. Cuando era común sentarse cerca de quien toca la guitarra y va tanteando las cuerdas para interpretar una canción frente a un público que se conmueve y canta o baila. Cuando las normas sociales eran tan rígidas, que la única respuesta era la liberación radical.

La historia es narrada por un Toru – Watanabe de 55 años, que recuerda el momento en que viaja en aquel avión. Un recuerdo, dentro de un recuerdo, de una vida que lo marcó para siempre: «pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían» (p. 8).

De manera general, la novela se siente melancólica. Oprime, pero no pesa. Al decir que estaba esperando el truco o el mensaje oculto me refiero a esto. Fluye con facilidad, te enredas en la vida triste de Watanabe y en ningún momento te sientes cansado o aburrido. La forma en que Murakami nos acompaña es lo que me tiene leyendo uno tras otros sus libros. Lo mismo pasa con los cuentos, con las entrevistas, con los autobiográficos. No hay un salto, no te enfrenta a lo inesperado. Pasa lo que debe pasar, pero que solo él sabe, sin decepcionarte. Aunque me falta su lado de ciencia ficción.

De manera particular, Toru, Naoko, Kizuki, Reiko, Midori, son personajes melancólicos. De aquellos que enfocan su mirada en los detalles tristes y ocultos a la vista común. Los que quieren entender de más y no se dejan llevar por lo establecido. Los que no se burlan, sino que sienten. Los que disfrutan la lluvia, el sol, una caminata, un vaso de vino. Los que prefieren pasar la noche a solas, que fingiendo frente a un grupo de desconocidos. No es gratuito que Kizuki y luego Naoko terminen quitándose la vida, ni que Reiko viva encerrada voluntariamente en un centro de salud mental. Son personajes que no sienten sus vidas como propias, que se ven a la deriva, inexplicables, encerrados, en apariencia libres, pero oprimidos por sus propias emociones, por la inseguridad, por las expectativas. Diría Sara Sefchovich que el amor es imposible de soportar, porque no se le puede permitir que falle a las expectativas que se forjan en él, ni que caiga en la rutina o en la costumbre. Así, estos personajes se dan cuenta que no son capaces de tolerar una vida común, con sus pérdidas, sus momentos robados de felicidad, con su aburrimiento, con la decepción.

Sin embargo… hay un fin. Se revela desde el principio del texto. Una vida vivida sobre las ruinas del pasado. Un libro en el cual no subrayé ninguna frase, que no ofrece reflexiones explícitas. Un libro que merece leerse e interpretarse por cada uno desde quien se es.

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