NO DEBERÍAN EXISTIR PALABRAS PARA CORTARSE LAS VENAS


Que la vida es finita, lo sé.
Que la vida duele, a ratos, está escrito.
Que la vida no nos espera,
que la vida se desborda,
que la vida es,
conmigo, sin mí,
la vida es...

Que los recuerdos se borran a fuerza de tiempo y hastío
y que la memoria elige, sin preguntarnos, qué canción poner de fondo;
que la esperanza tiene más vidas que un gato
y la desesperación fácilmente lo lanza desde la azotea,
cada vez,
cada noche,
cada golpe,
cada punzada,
cada sombra,
cada silencio,
cada decepción.

Que el amor lo es todo,
¿qué buscamos si no?,
pero no llega.

Que el amor nos urge,
porque, en un aleteo, el cabello se nos tiñe de blanco,
pero tarda.

Que el amor llega,
en forma de ave o de pez o de río,
pero lo aprisionamos, se seca, muere.

Que el amor llega,
en forma de témpano, de duna,
pero lo damos por sentado y,
como hielo, como polvo,
se dispersa,
se derrite,
vuela,
llueve.

Llueve lejos.
Huele a tierra mojada y recordamos la niñez,
melancólicos,
sintiéndonos impropios.

Ciegos, soltamos las gotas de lluvia.
Ciegos, soplamos los granos de arena.
Ciegos, nos golpeamos la espalda,
nos abandonamos,
y seguimos a tientas
perdiendo las horas, los días, las ganas.

Porque no es lo mismo perder, perderse, que pérdida.
Porque no es lo mismo decirse solitario, estepario, que sentirse en soledad.
Porque no es lo mismo error, equivocarse, que arruinarlo todo.

Y frente a la tina llena de agua caliente,
yacemos desnudos,
sin escudos ni armas,
mientras brilla al fondo la cuchilla.

Y frente al espejo empañado,
cruzamos apenas la mirada con ese desconocido,
mientras llegan una a una las palabras que nos lanzan al precipicio,
las palabras que no debieran haberse inventado,
palabras que tienen forma y cuerpo,
que se definen y nos sacan lágrimas,
que se expresan a gritos y golpes:
porque no es lo mismo queja, dolor, que sufrimiento;
porque no es lo mismo muerte, morir, que cortarse las venas.

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