Loreto no nació el 27 de marzo. Empezó el 28 de octubre del año pasado. Quizá, por el 6 o 7 de septiembre. Sin remedio, seguro vio la luz 20 años antes. Salir y cruzar fronteras que van más allá de una línea divisoria en un mapa. Atravesar 1758 kilómetros para encontrarte. El destino de un viaje es solo su inicio.
Loreto no nació el 27 de marzo, ni el 28 de octubre con un plan compartido. Empezó, quizá, en la insensata idea de ser uno mismo frente al otro, de detenernos por un instante, de tener la posibilidad de contemplar. Ver el pequeño espacio en el que vivo, desde la distancia, descubriendo sus límites y sus alrededores, su tiempo limitado pero infinito, su paisaje seco pero lleno de luz, el mismo cielo: distinto.
Loreto no nació cuando tomamos un avión, ni después de manejar una hora para llegar al aeropuerto, ni la noche previa, cuando cenamos o pusimos los últimos detalles en la maleta, ni durante la semana anterior, cuando tratamos de adelantar las responsabilidades y pendientes. El destino del viaje fue solo el inicio. Elegir un destino, es elegirnos. Elegirnos a nosotros mismos, elegirnos a nosotros.
Loreto no nació tras tocar el suelo de Guadalajara y comprar galletas. No lo alcanzamos caminando sin rumbo, ni corriendo kilómetros, ni andando de la mano por pasillos y tiendas. No nació al llegar a Baja California Sur con el cabello revuelto, ni después de elegir la ruta que nos llevara hacia él. Las señales no siempre son visibles a primera vista. En ocasiones, las señales nacen en el interior. Se manifiestan en forma de punzadas, de dolor en el pecho, de colores en la cara.
Loreto no nació al seguir el sinuoso camino que atraviesa la península, ni después de alternarnos al volante. No surgió de entre las montañas, mostrando ese contrastante paisaje en el que se mezclan el calor del desierto con el frío viento que nos cuartea la cara. No nació con sus luces intermitentes, ni del imperceptible pulso de pueblo de cuatro altos, con su natural caos lleno de energía. Fue un llamado, vocación, fortuna. La fortuna de saberte a mi lado, tan lejos, tan solos.
Loreto no nació bajo el signo de Aries, iluminado por una gibosa creciente. Nació mientras caminábamos, despacio y tomados de la mano, por la orilla del malecón. Viendo el sol desaparecer bajo la obscura cortina de sueño. El sueño de vivir ahí por siempre. El sueño de detener el parpadeo y apresar en la imaginación un momento. Un momento imaginado tantas veces.
Y aparecen frente a mí una lista de verbos. Los verbos que tienen que conjugarse en compañía: cantar con el arrullo de las olas escondiendo mis fallos y miedos. Ocultar mi cuerpo bajo las alas de los albatros que llaman a la vista de paseantes y desconocidos. Abrir una botella de vino frente al mar, para celebrar la vida, la tuya. Acercar la piel al amanecer, asegurando que hoy soy yo, que no he desperdiciado un instante. Descubrir el mensaje oculto en la mirada, en el entrecejo, en los brazos apretados, en el vaivén de las piernas, en el tronar de los huesos. Olvidar el futuro. Revivir el miedo. Tomar y ver la foto de quien toma la foto. Huir del sitio que nos engaña como un sueño ajeno que nos es impuesto. Correr sin zapatos. Recordar a Emanuel, a su madre que grita y corre apresurada. La latencia de la vida real esperándonos con los brazos abiertos. Sentir cómo se inflama el corazón, por una vida que merece ser compartida.

