FLORES Y FRUTOS

Hay madres que lloran por un hijo que no vive en el hoy, 
un hijo que viaja del futuro al pasado,
a sus meses de vida dentro del vientre,
donde no había luz ni sonidos estridentes,
donde no había etiquetas en la ropa,
ni en las personas,
donde se podía mecer sin culpa
y meterse las manos a la boca sin recibir regaño.

Hay madres que lloran por una hija que no tuvo santa sepultura,
por una hija cuya alma vuela con el polvo del desierto
y canta con el viento buscando refugio,
reclamando que su sexo fue su cruz;
madres, que caminan por la calle alzando el puño y la voz
y son acusadas por las miradas ajenas:
incomprendidas, exageradas, culpables y solas.

Hay madres que lloran atormentadas por sus propios hijos,
ésos, a quienes liberaron de responsabilidades y perdonaron travesuras;
hijos que recibieron, sin pedirlo, el don del brillo materno,
el calcio de sus huesos,
la sonrisa antes perfecta,
el cuerpo juvenil,
el cabello abundante;
hijos a quienes les abrieron sus brazos a medianoche para sacudirles monstruos y pesadillas,
y que, olvidando su origen,
reclaman decisiones y gritan culpas,
que esconden verdades
y aprovechan un esfuerzo que no es suyo.

Hay madres que lloran con el vientre vacío,
que sonríen con el corazón roto
y se pierden en el abismo diario;
madres que arrullan sus piernas por la noche,
que cantan nanas para sí mismas en la regadera
y encienden velas,
contemplan aparadores
y soportan los pinchazos de vecinas imprudentes
y médicos especializados.

Hay madres,
cierto,
que lloran por los nudos de la procreación,
desconsoladas,
tiran sus lágrimas al suelo
anhelando deshacer el camino;
madres capaces de cortar el cordón antes de tiempo
y de soltar a un niño gateando
en medio del solitario porvenir.

Mi madre llora porque no soy esa mujer
a la que vio corriendo entre los arbustos de la escuela
y reía a carcajadas, sin miedo,
mientras perseguía luciérnagas durante el verano,
sin importar las mallas rotas
ni los zapatos terregosos.

Mi madre llora porque no soy esa mujer,
la que vivió sus sueños
y se deshizo de los genes,
la que blanqueó con polvo sus mejillas
y amaneció cada día con el turbante sobre la cabeza.

Mi madre llora porque no soy esa mujer,
la que ansía una casa propia
y la ropa planchada,
la que decora con papel tapiz
y flores los pasillos,
la que remoja el frijol cada noche
y le surce la ropa a sus hijos.

Mi madre llora porque no soy esa mujer,
la que espera el anochecer en el porche
y resuelve la vida de los amigos,
la que espanta las moscas que vuelan sobre el pan
y corre para dar agua a sus plantas.

Mi madre llora porque no soy esa mujer,
la que espera cuarenta semanas
para conocer el fruto de su vientre.
Porque no soy esa mujer,
que con ramas y flores,
que con aromas y luces,
que con colores y hojas,
prepara un nido.

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