Presentación de Vórtice en la Feria Internacional del Libro de Coahuila.
Primera parte. Escribir, salva.
Amor.
Hay amores,
amor,
lo sé,
que nacen para encontrarse.
Hay manos,
amor,
lo sé
que son anclas.
Hay miradas
y hay noches,
amor,
lo sé,
eternas.
Más que la presentación de un libro, ésta es una declaración de amor. Si me sonrojo, si se me quiebra la voz y evito hacer frente a sus miradas, han de saber que están recibiendo una pequeña, muy pequeña, gota de emoción y ternura que este libro me da la oportunidad de poner en sus manos.
Hablar de amor, y me refiero a hablarlo y no escribirlo ni compartirlo con fotos o memes, en contra de lo que debería, es un tema que a veces evito, por hacerme sentir vulnerable, antifeminista, antifeminazi, como en algún momento escribí… por hacerme sentir expuesta.
Escribir de amor, y me refiero a escribirlo desde lo más íntimo y genuino que puede nacer de mi pluma, en contra de lo que debería, es un tema que evité por años, por hacerme sentir obvia, cursi, inmadura, falsa o incomprendida.
Sin embargo, después de una larga vuelta literaria por temas tan ajenos como podría ser la homosexualidad en la Revolución, la injusticia vivida en Pasta de Conchos, el análisis de poemas místicos o religiosos, hasta temas más cercanos a mí, como la fabulación de la mujer en la Literatura y la compleja situación que se vive al ser mamá, ama de casa, emprendedora y, encima de todo, un intento de escritora, caí en este lugar que llamamos común: la poesía y, sobre todo, la poesía romántica.
Sin afán de verlo como novedad, cuando elegimos este camino, nos encontramos del lado de la resistencia. Estamos eligiendo la vía de la soledad, una soledad compartida con unos cuantos a quienes podemos llamar hermanos, amigos, amante. “No es que el poeta busque la soledad, dijo Rosario Castellanos, es que la encuentra”. Escribir es solitario. No triste, sino solitario.
Con nuestra elección, estamos renunciando, al mismo tiempo, a la mercadotecnia, al flujo cotidiano de las redes sociales, a la ansiedad que genera tanta información y tanto contacto, indirecto, con personas de quienes no conocemos ni el nombre ni el rostro. Porque, ¿de qué otro modo podría escribir en esos escasos minutos que me restan en el día o en esos otros que le tengo que robar a la noche, si dedicara tiempo a ver videos o enterarme de las tendencias? ¿De qué otro modo podría encontrar las palabras y los versos, las imágenes y metáforas, si no tuviera la posibilidad de estar en contacto con la montaña o con el ave que me canta cada día a las 5 de la mañana?
No van a encontrar en Vórtice palabras obscenas, ni se resalta en sus versos la sexualidad, como está de moda. Tampoco van a encontrar versos rimados, ni frases salidas del corredor de la secundaria (espero). Lo que sí les puedo adelantar es que en Vórtice van a encontrar canciones y versos familiares, lugares tan acuñenses o tan saltillenses en los que espero se vean reflejados, van a encontrar las palabras elegidas, ordenadas, relacionadas entre sí, para hacer un poco más tangible esa vorágine que nos despeina y nos da una revolcada para ponernos, de nuevo y cada vez que sea necesario, en el camino que se ilumina por incontables Síes.
Que ese suelo,
por veinte años oculto
bajo las hojas de cipreses y abedules,
se revele con cada nota.
Así se lee o así se canta en Vórtice.
Este libro es el resultado de esa vuelta innecesaria que di, una vuelta que me llevó casi 30 años, la mayoría de ellos en la escuela estudiando otras cosas, para toparme con la revelación de que, al principio, a los quince años, según recuerdo, ya estaba en el lugar indicado: en el lugar de donde nacen los versos.
Invisible es para mis ojos quinceañeros,
la belleza de la ausencia y soledad
de su color carne (el color del desierto).
La contradictoria idea de ser,
fundirme,
fluir en la corriente de aguas negras
bajo pisadas desconocidas
o llevarme a lo alto,
a la solitaria vida del poeta
donde nadie comprende.
Segunda parte. Leer, salva.
Lo dijo Walt Withman: “no dejes de creer que las palabras, las risas y la poesía, pueden cambiar el mundo”. Estribillo: no dejes de creer que las palabras, las risas y la poesía pueden cambiar el mundo. Pero, la poesía se postró frente a mí como un código indescifrable, inaccesible. Una lengua lejana de la que solo había escuchado hablar en la teoría. Una cursilería, una forma de confundir para hablar sin decir, un “bonche” de palabras complicadas puestas en el papel para mostrar nuestro intelecto.
Cuenta mi mamá que aprendí a leer a los 5 años, en una época en la que no se le obligaba a los niños a leer a esa edad. Me imagino que veía a Liza, mi hermana mayor, estudiando las preguntas del Maratón y yo quería hacer siempre lo mismo que ella. Desde entonces, tengo recuerdos vagos de cómo la lectura se convirtió en mi ancla, en mi tabla de salvación la mayoría de las veces, pero también me abrió la ventana de la incertidumbre y la duda. Quería saber más.
Me sé de memoria fragmentos de los libros de primaria, que probablemente yo reconstruí a mi manera:
“Soldadito, soldadito, ¿de la guerra viene usted?
Sí, señora, de allá vengo, ¿por qué lo pregunta usted?
Por si ha visto a mi marido, en la guerra, alguna vez.
Sí lo he visto, no lo he visto. Dígame las señas de él.
Mi marido es alto, rubio, vestido de coronel y en la punta de la espada lleva un pañuelito inglés, que le bordé cuando niña, cuando niña, en mi niñez.
Por las señas que me ha dado, su marido muerto es y en su testamento ha dicho que me case con usted.
Eso sí que no lo hago, eso sí que no lo haré, siete años lo he esperado, otros siete esperaré; estas tres hijas qué tengo, ¿dónde las dejaré? Una en casa de doña Ana, otra en casa de doña Inés y la más chica que tengo conmigo la dejaré, para que me lave, me planche y me haga de comer.
¡Mira qué la picarona! Sí se supo defender, siendo yo su amado esposo y ella mi amada mujer”.
(Discúlpenme, pero era esto o “Dos amibas amigas”).
Pasaba por el kínder Federico Froebel, en Acuña, y leía: “Amo el canto del cenzontle, pájaro de las cuatrocientas voces. Amo el color del jade y el enervante perfume de las flores, pero más amo a mi hermano: el hombre”. ¿Qué significaba todo eso?
Lo peor ocurrió cuando, ya estando en la carrera de Letras Españolas, el maestro Jesús de León nos pidió el análisis detallado del poema “Muerte sin fin”, de José Gorostiza. Un poema largo, largo, largo, largo, largo, que no daba tregua. Y nuevamente la pregunta: ¿qué significa todo eso? Pero, ¿qué se podía esperar de una persona que salió de Acuña pensando que Zócalo y periódico eran sinónimos?
Luego vinieron como bola de nieve: Primero sueño, de Sor Juana Inés de la Cruz, Piedra de sol y Blanco de Octavio Paz, Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz, las rimas de Bécquer, las formas de Tablada, el nocturno de Gabriela Mistral (todo leído por obligación) y yo, seguía sin entender na-da.
No pasaba lo mismo con la prosa. El problema era la poesía. Novelas, cuentos, ensayo, teoría de cualquier tipo, siempre y cuando no estuviera rimada ni tuviera que leer entonada, se me escurría entre las manos. Los diálogos, propios y ajenos, empezaron a encontrar forma en los cuentos o eran tema que se podía explorar en un artículo o en un ensayo. No me es posible leer sin escribir, por lo menos, una reseña, anotar las frases subrayadas, lo cual fue mi pasatiempo favorito.
¿La poesía por qué no? No lo sé. Todavía no lo sé. Pero, cuando dejé de leer la poesía tratando de descifrarla, cuando dejé de lado el prejuicio que tenía hacia ella, fue cuando la poesía empezó a comunicarse conmigo. En una interna voz alta, empecé a leer los versos de Rosario Castellanos, releí el Primero sueño, entendí por fin esas cosas extrañas que hacía Tablada con sus poemas. Pero luego, llegó “Utopías”, de Mario Benedetti, con quien, por fin, pude tener un diálogo:
Cómo voy a creer / dijo el fulano
que el mundo se quedó sin utopías
cómo voy a creer
que la esperanza es un olvido
o que el placer una tristeza
cómo voy a creer / dijo el fulano
que el universo es una ruina
aunque lo sea
o que la muerte es el silencio
aunque lo sea
cómo voy a creer
que el horizonte es la frontera
que el mar es nadie
que la noche es nada
cómo voy a creer / dijo el fulano
que tu cuerpo / mengana
no es algo más de lo que palpo
o que tu amor
ese remoto amor que me destinas
no es el desnudo de tus ojos
la parsimonia de tus manos
cómo voy a creer / mengana austral
que sos tan sólo lo que miro
acaricio o penetro
cómo voy a creer / dijo el fulano
que la utopia ya no existe
si vos / mengana dulce
osada / eterna
si vos / sos mi utopía.
Leer, salva. Soy testigo y soy evidencia.
Tercera parte. Cantar, salva.
No, no voy a cantar.
LA CITA
"Es que te quería decir, querida,
¡te tardaste!",
Clarice Lispector.
"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde,
comenzaré a ser feliz desde las tres",
Antoine de Saint-Exupéry.
Tanto preámbulo
para escuchar tu voz de cerca
y ver tus manos recorrer las mías.
Para saber que detrás de tu rostro indescifrable
hay una luz que observa y me derrumba.
Tanto preámbulo
para acariciar tu cara
y esconderme debajo de tus alas.
Para encontrar de noche el camino (a ti)
y saber que es mi hoguera.
Decir sin hablar
mientras posas tu brazo en mi hombro
y tomas mis labios con los tuyos
para atraer al silencio, quietos,
y evitar que se fuguen las horas.
No era ayer,
no,
amor,
la cita.
Porque yo, no era yo.
Porque tú, no eras tú.
Tanto preámbulo
para una canción triste,
que se apaga cuando me miras,
que se aleja cuando me nombras.
La cuarta y última.
Escuchar, salva.
Hay una melodía interna que me acompaña a diario. Es como una matemática que descubro en las letras. Contar las sílabas mientras las palabras se acomodan al hablar. Contar los pasos mientras corro, para acompañarme en el silencio, es dialogar con uno mismo: tres respiraciones (inhalar y expirar) por cada diez metros, lo tengo comprobado. Esos números me dan cierta cadencia al correr y forman la música de mis días.
La poesía no es música. La música no es poesía. Pero es inevitable encontrar la relación entre ellas. Están entrelazadas y se complementan de tal forma que una coma, un punto, el espacio entre dos versos, la sílaba tónica o la átona, le dan ritmo a la lectura:
HACER LLOVER
Haré llover pétalos blancos
que,
como luciérnagas en el campo,
iluminen los días nublados.
Arrancaré a besos,
una a una,
las espinas
que,
sin invitación,
se fijaron en tu memoria
y en las plantas de tus pies.
Y tu pecho nevado
-y protegido por un desgarrador silencio-
recorreré con el ardor de mi mano
y tu espalda,
tu abdomen,
y tus piernas,
tus hombros,
serán río
y
atraparé
con
mis
manos
cada
gota
para
devolverla
cristalina
a
tu
cuerpo.
Haré llover pétalos blancos
que,
como motas de algodón
volando a la orilla de la carretera
suavicen los recuerdos
humedecidos en la brisa
para tornar a tu rostro ese gesto
que es mi tumba.
Amarte hoy,
es amar tu ayer.
Es entrecruzar las piernas
mientras caen las historias como balas.
Es arrullarlas mientras se llenan de sentido
y vuelven a su origen para que sigas vivo
(para que siga viva).
Late tu corazón en mi pecho.
Respiro tu aire.
Amanece cada uno de mis días,
cuando abres tus ojos.
Más que la presentación de un libro, ésta fue una declaración de amor.




