Sin darme cuenta, tengo una gran colección de mujeres en mi librero. Entre todos esos libros, le hice lugar recientemente a Mujeres de ojos grandes de Ángeles Mastretta, mi segundo libro de la escritora poblana. Por error, años atrás me di cuenta que tenía dos ediciones de Arráncame la vida, pero, como existe la película, pensé que a eso se debía que la segunda lectura se me hiciera tan familiar y fluida. Hasta que llevé el nuevo tomo al librero descubrí que ya lo había leído mucho atrás. Esta vez, no fue así, no dupliqué, pero encontré en esa colección de mujeres, a mis mujeres de ojos grandes.
Los cuentos que componen Mujeres de ojos grandes no tienen título. Se deslizan uno tras otro como una serie interminable de capítulos que se relacionan unos con otros con una trama invisible que solo se asimila hasta el último párrafo del libro: «Sólo ella supo siempre que ninguna ciencia fue capaz de mover tanto, como la escondida en los ásperos y sutiles hallazgos de otras mujeres con los ojos grandes» (p. 223).
En esa larga lista, encontramos a la tía Leonor, la tía Elena, la tía Charo, la tía Cristina Martínez, la tía Valeria, la tía Fernanda, la tía Carmen, la tía Isabel Cobian, la tía Chila, la tía Rosa, la tía Paulina Traslocheros, la tía Eloísa, la tía Mercedes, la tía Verónica, la tía Eugenia, la tía Natalia Esparza, la tía Clemencia Ortega, la tía Fátima Lapuente, la tía Magdalena, la tía Cecilia, la tía Mari, la tía Rebeca Paz y Puente, la tía Laura Guzmán, la Tía Pilar y la tía Marta, la tía Celia, la tía Mónica, la tía Teresa, la tía Mariana, la tía Inés Aguirre, la tía Jacinta, las gemelas Gómez (Jacinta y Marcela), la tía Elvira, la tía Daniela, la tía Amalia Ruiz, la tía Amanda Rodoreda, la tía Concha Esparza y la tía Jose Rivadeneira.
Hay historias de dos cuartillas, de cuatro, de cinco. La más larga: nueve cuartillas, con la historia de la tía Elvira. Sin embargo, el número de cuartillas no tiene nada que ver con la intensidad de cada historia. Como mujeres (como hombres), cada una nos enfrentamos a diferentes desafíos que la vida nos pone de paso y, en Mujeres de ojos grandes, esto queda muy claro. Belleza, amor, dinero, interés, sexo, expectativas, profesión, legitimidad, secreto, reconocimiento, temor, decepción, inteligencia. Más amor, más belleza, más sexo, más matrimonios. Fe, creencias, mentiras, religión.
Mis mujeres de ojos grandes existen en diferentes niveles. Tengo las reales, las que me acompañan día a día. Tengo las reales, con las que casi no convivo, pero con quienes tengo un lazo sanguíneo. Tengo las reales que no me acompañan pero que me retan y me hacen ir más allá. Tengo a las reales, las que escriben y me abren los ojos con sus letras. Tengo las reales, las que cantan y componen canciones para iluminar mis días. Tengo las reales, las que no conozco pero que luchan por mí. Tengo las irreales, las que aparecen como un personaje de libro y usan las palabras que yo quisiera decir. Tengo las irreales, las que invento dentro de mis textos, para sentir aquello que la vida no me ha mostrado. Tengo las irreales, las distintas versiones de mí misma que construyo en mi mente ante cada adversidad.
Resulta inevitable no encontrarse detrás de alguna de las treinta y nueve tías que aparecen en los cuentos de Mastretta. Yo tengo a la tía Martha (pero con H) y a la tía Teresa y sus historias bien podrían complementar este libro. Son mujeres de ojos grandes que han tenido que lidiar con el amor (correspondido o no), con el sexo (sentido o no), con la maternidad (planeada o no), con las expectativas desechas, con la decepción, con una belleza sutil, con el matrimonio, la lejanía, la soledad por el cambio radical de residencia, la adaptación a una cultura que las excluía y ahora las absorbe, la confusión por confrontarse a un contexto tan distinto al que conocieron en su infancia.
Resulta inevitable no encontrarse en la tía que sufre por un amor no correspondido o la que hace sufrir a cuantos pretendientes se le acercan, la que tiene cáncer, la que vive una infidelidad, la que raya en el borde de la realidad o de la muerte, la que huye, la ilegítima hija de un padre que la ama, la abandonada o la que abandona, la ilusa, la aprehensiva, la loca.
Más que un libro, Mujeres de ojos grandes fue un llamado. A encontrar dentro de mí a todas aquellas que me sostienen, que me hacen «cobachita», que me acompañan y corren a mi lado. Un llamado para reconocerme como hija de mi madre, hermana de mis hermanas, amiga de mis amigas, mamá de mis hijos, compañera de mis compañeras. Un llamado para ver, para escuchar, para sostener. Un llamado para ser manto. Un llamado para dejarme cobijar.

Mastretta, Ángeles (2024). Mujeres de ojos grandes (36 reimpresión). Planeta: México.
