PERDÓN Y OLVIDO

Hay una madre 
que mira por la ventana y llora
que,
con la garganta seca y cerrada
no puede lanzar el grito:
¡corre, hijo! ¡Corre!

Hay una madre
que,
por la noche,
escucha el susurro del viento
entrando por la ventana que dejó abierta,
por el resquicio de la puerta,
por las coladeras
y, atada de pies y manos,
no logra dejar la cama:
es la muerte que,
desde las entrañas de la Tierra,
la atrae
y lidiando con el vértigo
camina por la orilla del precipicio
tentando a la casualidad,
esperando que ella decida su sino.

Hay una madre que espera
y ve que ese viento, disfrazado de lobo,
se cuela y entra,
de día,
de noche,
llevándose consigo todo a su paso,
no sólo vida y carne:
inocencia y destino.

***

Hay un niño que sueña,
que corre y ríe a carcajadas
que,
incansable,
salta de un país a otro,
mientras cruza el patio del vecino.

Hay un niño que sueña,
que convierte banquetas en pasadizos
y mecates en lianas
que prueba manjares de bolijas y hojas secas
y siente un viaje en bicicleta como una pirueta en jet
que lo llevará lejos, lejos, lejos.

***

¡Pedalea, hijo! ¡Pedalea!

***

Hay un niño que sueña,
que ve un futuro cierto
y que,
cuidadosamente,
coloca las piedras en el río
para llegar salvo a la otra orilla,
que no merece las manos que lo detienen
ni el viento que susurra su nombre
y lo amenaza cargándole culpas
que no son suyas.

Hay un niño que simula estar dormido
que aprieta los ojos para atraer de día los sueños
e ignorar las ásperas manos
que le roban sus viajes,
que bloquean pasadizos
y ahogan su voz infantil
que,
antes de tiempo,
lo convierten en hombre.

***

Sueña, hijo, sueña, viaja, vuela, huye.

***

Hay un niño, confundido,
que,
con sus pequeños ojos marrones,
pide una ayuda que nadie entiende,
que observa cómo,
sin pudor ni culpa,
un extraño le roba la risa
y corta las lianas,
dejando un sabor ácido en su cuerpo
que quema a su paso la espalda,
el vientre,
los puños.
Los puños de quien no sabe defenderse,
de una madre que mira de lejos,
inmóvil,
ahogándose en su propia historia,
atada con sus propias dudas.
Un extraño que sigue respirando
y vuelve al televisor
sentado al lado de su familia.

Hay un sueño que no olvido,
tan real y lejano que,
a veces,
el olor a tierra mojada
y a pasto recién cortado
lo traen al presente.
Y cuando llega,
tomo las maletas y me voy lejos,
solitario,
para llorar a escondidas
y reclamar, en un sofoco,
por esa vida que me fue arrebatada.

Porque ni la madre,
ni el hermano,
ni la esposa,
ni la vida,
han dicho (gritado):
¡no es tu culpa!

Porque ni el tiempo,
ni el amor,
ni la muerte,
ni la felicidad,
son perdón y olvido.



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