Cuando tú no estés

Cuando tú no estés, 
voy a prender las velas a finales de marzo
y a leer los mensajes de las estrellas.
El mismo mensaje que se escribió
desde el momento de tu nacimiento:
fue la hora, el minuto, el segundo;
fue el lugar, la ciudad, un vientre;
fueron los astros, la montaña, el desierto,
quienes te decidieron
y te trajeron aquí.

Voy a escuchar la música desde mi ventana,
la que nace de las gotas de lluvia
y los pájaros cantándome de cerca,
la que me habla sin palabras,
canciones que nacen sin voz.

Voy a contemplar tus guitarras,
estáticas,
desafinadas ante el abandono,
queriendo escapar de sus cuatro paredes
irse lejos,
a manos y oídos ajenos,
resonando,
como los pasos grabados en un piso de madera.

Voy a cantarte esa ansiada canción de cuna,
como tributo a un náufrago,
plantando velas encendidas en el mar,
para imaginar que sigues a mi lado,
con los ojos cerrados y tus brazos sobre el pecho,
con tu sonrisa escondida bajo el sueño.

Sentarme en la mesa diecisiete,
rogando que te sientes a mi lado;
esperar las ocho y media de la noche,
para preparar la cena
o las cinco de la mañana
para abrazarte al amanecer;
viajar entre las montañas
observando el esfuerzo de tus piernas
o buscar tus brazos entre las olas
mientras te alejas,
mar adentro,
mar adentro.
Elegir el restaurante con nombre de mujer: Inés, Martha, Olga;
pedir dos cafés de olla sin azúcar
para esperar el mediodía.
El mediodía sin ti.

Cuando tú no estés,
alargaré tu estancia a mi lado
-esperanza-,
hasta volverte a ver caminando por la calle
y escuchar tu voz desde el anonimato,
mientras,
la vida sigue…

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