Quisiera llamarte querida o estimada, pero apenas te conozco, así que no sé cómo iniciar este texto.
Te he leído por primera vez, en La cabeza de mi padre y haciendo alusión al capítulo en donde hablas de los muchos correos que recibiste, y el motivo por el cual ocultaste tu dirección, me pareció ésta la única alternativa. Desde la universidad que no escribo correos a los autores o artistas con quienes quisiera hablar: pasó de moda o me siento demasiado vieja para hacerlo. En aquel entonces mi cuenta terminaba en *@latinmail.com, ¡hace ya tanto! Ahora, no tengo ni Twitter.
Los libros nos llaman o los libros son un llamado. A reconocernos, a identificarnos, a expresar en palabras lo que no hemos logrado hasta el momento. Aunque el tema principal es la búsqueda del padre, el viaje que realizas, tanto el interno como el externo, me ha hecho reír, llorar, “adolescerme”, empatizar, desear, subrayar, escribir, escribirte.
Nacer y crecer en México, ahora lo compruebo, sea norte, centro, sur, nos deja una marca, una cicatriz queloide que traza un caminito que nos recorre y es visible a primera vista, sobre todo siendo mujer. La música, la comida, los juegos y peleas entre hermanos, el cobijo de las amistades, el sentido del humor, la dificultad de salir de una clase social para entrar a otra, incomprensible y, tal vez, decepcionante al final. Yo lo he dicho varias veces: la educación nos abre esa posibilidad, soy testigo y soy evidencia. Y no me refiero a la educación formal, sino a la de “a diario”, la del entorno que nos moldea, tal como tu familia y esas colonias o vecindades, que describes con tanto detalle, seguro te moldearon a ti, a mí, a muchos.
Mi papá nació en Michoacán, lugar a donde viajas, en la búsqueda de Porfirio Murillo Carrillo, tu padre ausente.
Mi padre no me abandonó -en el sentido estricto del abandono-, pero, ¿cómo se le llama al padre que está presente pero que no vive en el mundo de los demás?
Varias coincidencias me fueron desbaratando, conforme iba adentrándome en tu camino. Yo no soy Alma Delia. En la trama de tu historia, más bien soy una de tus hermanas que decidieron quedarse en casa, que decidieron no ver a su padre por última vez. Quisiera escribir el porqué, pero no lo sé, me faltan años de terapia para comprenderlo del todo.
En algún momento, sentía pena de hablar del tema. Del padre presente pero que vive en un limbo que construyó con madera reciclada, oculto a plena luz del día. Un limbo al que solo se accede cerrando los ojos, porque de otra forma no podrías explicar cómo aquel hombre, al que en algún tiempo le quitabas las botas y le sobabas los pies, puede vivir en un lugar tan obscuro y lejano de la realidad, la realidad familiar o, incluso, tendría que llamarla mi realidad.
Lo he dicho antes. Los libros nos trazan caminos incomprensibles e incuestionables y, a través tuyo, han salido las palabras y se ha generado en mi cabeza la imagen de la ausencia. Hace tiempo, en terapia, me lo dijeron: se siente más en su ausencia. Deberíamos ponerle un nombre: padre, madre, amante, amigo; bautizarla con nombre propio: Porfirio, Imelda, María de Jesús, Luis.
Pero tú, no solo le diste nombre. Reviviste a tu papá, lo buscaste, le pusiste apellido, cara, aroma, dirección.
Escuchamos las noticias, escuchamos ese secreto a voces de que hay zonas del país a las que es inseguro acceder. No puede uno irse por la libre para conocer un pueblo mágico, así como así. Hay reglas no escritas, permisos implícitos en un par de miradas, un miedo que se transmite por el aire, que, como mexicanos podemos usar para malos chistes, sarcasmo y doble sentido. Así ocurría en mi natal ciudad Acuña. Uno sabía (sin saber) quién andaba “en malos pasos”. La forma en que describes la incursión en ese Michoacán, el estilo de vida y trabajo de tu padre, la elección que hizo para permanecer entre esas cuatro paredes de humo, en lugar de vivir una paternidad que vemos como soñada, ilusa, es tan real y transparente, que es fácil imaginar el recorrido.
En algún punto de la lectura, recurrí al Internet para mirar tu foto. Quería ver la cara de quien se compartía tan clara en las páginas. Quería conocerte, como me pasa cuando descubro a un escritor con quien me identifico.
Hay en tu voz una mezcla de cotidianidad, de diálogo interno, de referencias bibliográficas, geográficas y musicales, de recuerdos e interpretaciones, que en algún punto se volvieron parte de mi propio pensamiento. Como ver una película en otro idioma y no darte cuenta cuándo dejas de traducir mentalmente cada palabra o frase.
Sueñas y, en ese sueño, nos llevas a muchas “entre las patas”.
Tienes esperanza y, con ella, nos envuelves en una manta que reconforta.
Eres valiente y, con esa valentía, nos haces creer que todo es posible.
Celebro haberte leído, haberte encontrado. No iré tras la cabeza de mi padre, pero, seguro, hay una comprensión no buscada e irremediable dentro de mí.
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Murillo, Alma Delia (2022). La cabeza de mi padre: Alfaguara.
