Cuando leí Lolita de Vladimir Nabokov, estaba en la universidad, estudiando Letras Españolas. Andaba tan inmersa en el análisis de textos, en aprender a hacer reseñas, en debatir sobre el arte en general y la literatura en particular, que dejaba de lado el tema en sí. Releeo la novela, re-veo la película y, a casi 15 años de distancia, me causa un profundo dolor (terror debería decir) comprender lo “bizarro” del tema y, sobre todo, descubrir que está más cerca de nosotros de lo que creemos. Leía en los trayectos de camión y, conforme avanzaban los capítulos, empecé a sentir cierto pudor, pena de que alguien supiera de qué trataba el libro. Lo mismo que cuando leí Las edades de Lulú, cuando vi «Irreversible» o «Ninfomaniac».
La sexualidad sigue siendo un tema que no siempre sé cómo manejar, ante el cual no puedo reaccionar con palabras, que mantengo oculto, en secreto. Le quito la naturaleza de la que proviene, el impulso, el ello. Dice Nuval Noah, en Sapiens, que todo lo que el ser humano puede hacer es “natural” y que las normas o códigos morales son esa nube de abstracciones que nos permiten tener una vida más o menos ordenada, cordial y predecible. Es en estas normas “imaginarias” que se lee que el incesto, la pedofilia, son, no solo una conducta anormal, sino un delito, un crimen.
Monstruo pentápodo es la primera novela que leo de la escritora duranguense Liliana Blum. Sabía por referencia de mis amigas que sus textos eran crudos, que elegía personajes marginales y, sobre todo, que su narrativa era directa, realista, sin temor a lastimar la moral. Sabía, pero ahora lo comprobé. Más allá de ocultar el título ante las personas que andaban por el aeropuerto o que estaban sentadas a mi lado en el Starbucks de la CDMX, sentí la necesidad de continuar leyendo y escribir acerca del malestar real que genera saber.
He de decir que, a pesar de trabajar con niños, el abuso sexual dista mucho de lo que atiendo en consulta. Sigue siendo doloroso, inverosímil y aterrador. Ubicarlo en el día que vivo, en la calle por la que camino, en una de las muchas caras infantiles que veo a diario. Quiero decir, lo sé y no lo creo.
Raymundo Betancourt, el protagonista, es un hombre aparentemente normal. Es profesionista, exitoso, tiene un buen nivel de vida. Pero, de forma alterna, no solo tiene fantasías sexuales aberrantes, de ésas de las que las que tanto nos advierten en la infancia: no hables con extraños, no te subas al carro de desconocidos, busca ayuda, nadie puede ver ni tocar «tus partes», comparte tu ubicación en tiempo real. Raymundo lleva sus fantasías a la práctica. Persigue, planea, estudia a su presa y su familia, perfecciona técnicas, engaña, construye, organiza, secuestra, asesina y abusa sexualmente de menores de edad. Cinthia es una pequeña de cinco años, en las que se centra el relato, pero, ya había antecedente de otra menor a la que terminó asesinando.
¡Y pensar que todo inició con su hermana menor, mientras la bañaba en la inocente tina familiar!
Sin embargo, además de la pedofilia, hay otro tema que se entreteje de forma muy sutil por debajo del personaje de Raymundo. El tema de las repercusiones de la discriminación, el cual cobra vida en Aimeé, su novia. Desde que se encuentran por casualidad en una alberca, a la que él acudía a ver a las niñas en traje de baño y en donde ella trabajaba, no logro distinguir si, debido a que se trata de una «enana» (lo pongo entrecomillado por su connotación discriminatoria) o persona de talla pequeña, él se fija en ella, como un modo de sublimar sus deseos pedófilos o si, por otro lado, se da cuenta que es la persona ideal para apoyarlo en sus planes, aunque de forma no consensuada (al menos explícitamente). Porque Aimeé levantó la mano para encubrirlo sin que él lo pidiera y resultó obvio que sería capaz de cualquier cosa por un poco de afecto.
Aimeé (enana o talla pequeña) es una mujer que ha sido discriminada toda su vida. No tenía la ilusión de enamorarse ni de convertirse en madre y, mucho menos, de ser madre de una persona «normal». Porque esto fue la remuneración que recibió por encubrir a Raymundo. Imaginen la emoción de que, ¡por fin!, alguien te preste atención, te trate como el adulto que eres, tenga detalles contigo, te invite a salir y, de algún modo, descubra que existes. Aimeé es un personaje clave, porque ayuda a Raymundo en su plan nefasto y, sin reflexionar a conciencia lo que estaba haciendo, permite que el plan llegue demasiado lejos. Su relato, con una estructura epistolar, pone en la mesa los sentimientos más genuinos, que, seguramente, pocos seríamos capaces de aceptar. Celos de una niña de cinco años, que se encuentra encerrada en un sótano, a la que su «hombre» prestaba más atención. Coraje y deseos de vengarse de Cinthia, por ser (sin proponérselo) el objeto de deseo de Raymundo. Sentimientos que expresa pellizcándola, dejándola sola más tiempo del necesario, postergando la llamada a las autoridades y a través de la frustración que llegaba cada vez que lo veía subir, feliz, del sótano.
Pienso. ¿Qué seríamos capaces de hacer por amor? Más que por amor, ¿qué seríamos capaces de hacer por atención y reconocimiento, por la validación de otros? ¿Tanto así?
¿Y Cinthia? Perdón y olvido. Si fuera posible.
Hubo un tiempo en que la sexualidad era un tema vedado. Hubo un tiempo en que las madres callaban los abusos que sufrían sus hijos. Hubo un tiempo en que niñas y niños se guardaban los abusos de los que eran víctimas. Hubo un tiempo en que la represión de la sexualidad causaba neurosis. Hubo un tiempo en que los pedófilos quedaban impunes. Hubo un tiempo en que se culpaba a la víctima. Hubo un tiempo… y ese tiempo, con el corazón partido, sigue siendo hoy.
Blum, Liliana (2016). Monstruo pentápodo. Tusquets: México.
