Hablando del tema de inclusión, específicamente del tema de inclusión educativa de personas con un Trastorno del Neurodesarrollo, siento que he caído en un agujero sin fin.
Estamos en un momento (y digo en un momento, porque trabajo en lo mismo desde el 2002 y me siento en una encrucijada -por no decirle, cambio de paradigma-) en el cual, los adultos no somos coherentes entre lo que decimos y hacemos.
Queremos, esperamos, pedimos, exigimos, pero no mostramos, tolerancia.
Queremos, esperamos, conceptualizamos, pedimos o exigimos, pero no mostramos, empatía.
Queremos, esperamos y damos por hecho que se deben respetar nuestros derechos, pero, en cualquier oportunidad pasamos por alto el derecho del otro.
Y, desde el miedo de no saber educar a una niña o un niño, exigimos a la escuela, al médico o terapeuta que haga lo que como papá y mamá no sabemos, no podemos o, incluso, no queremos hacer.
Porque no hay magia, ojalá existiera la receta perfecta. Y esto aplica en ambos sentidos: no hay magia ni para los padres, ni para los profesionales. Aquí la incoherencia: el papá o la mamá esperan del docente lo que debería hacerse en casa y viceversa.
Me encuentro en una encrucijada porque correr con el viento en contra, cansa, desmotiva, frustra y me hace perder el rumbo. Y creo que no soy solo yo o que no lo digo solo por mí, sino también por mis compañeros terapeutas y maestros, por el personal de las escuelas a las que visito.
Cada día, surge la pregunta: ¿por qué decidí esto? ¿Por qué abrir una escuela? ¿Por qué emprender? ¿Por qué no me quedé trabajando en la SEP? ¿Por qué asumir un riesgo que otros no están dispuestos a tomar?
Incluir, duele.
Lo digo como mujer nacida el siglo pasado (como dijeron mis hijos, soy de los mil novecientos) que se ha esforzado por prepararse en un área que le apasiona, además de intentar cumplir con todos los demás roles que me cargo. Sé que mi esfuerzo no necesariamente implica hacer las cosas bien o perfectas, pero es lo que me tocó hacer para estar aquí. Porque vengo de una familia en la que mis padres no pudieron estudiar y desde sus posibilidades nos llevaron a mis hermanos y a mí a valorar la educación y el trabajo como un medio de devolverle a la vida un poco de lo recibido.
Incluir, duele.
Lo digo como exesposa que dedicó más de doce horas del día a ese trabajo que le apasiona pero que no cumplió con las expectativas del ser esposa en este país. Sin cocinar, sin planchar, sin estar en casa.
Incluir, duele.
Lo digo como mamá de dos niños (bastante comprensivos y a pesar de todo) que tienen jornadas largas al acompañarme en mi trabajo, que tengo que dejar en casa mientras trabajo fuera de la ciudad, que sin necesidad de palabras tratan de comprender las circunstancias que les tocó vivir y que han tenido que madurar más pronto que otros niños de su edad. Ver que otros niños le pegan a su mamá y no poder hacer nada y, sobre todo, no dar por hecho que como “otro niño” que no conocen me pega, ellos pueden hacerlo. Dos hijos que se interesan y preguntan, y tratar de convencerlos de una forma asertiva de resolver las cosas en las que no se señale al otro, donde no haya culpables sino circunstancias.
Incluir, duele.
Lo digo como profesional que, sin tener un interés personal (no tengo un familiar con un Trastorno del Neurodesarrollo ni discapacidad hasta el momento), decidí dedicar mi vida completa a mejorar las condiciones educativas y habilidades de los niños que batallan en la escuela y veo con más frecuencia cada vez que los papás de niños con algún diagnóstico de este tipo discriminan a otros niños o familias en situaciones similares. Veo cómo buscan mejorar la situación pero SOLO (lo pongo en mayúsculas porque es crucial, no es un grito) de su hija o hijo sin importar las demás personas que pasan una situación similar. (Aquí me pregunto: ¿y por qué yo sí?). Frases como: es que no quiero que mi hija o hijo conviva con un niño con autismo porque tiende a imitar; es que mi hijo le pega porque ese otro niño con hiperactividad/que llora/que se mueve “lo provoca”; es que solo quiero que acepten a mi hijo en el salón porque si hay más niños con diagnóstico no lo van a atender igual. O, muchos casos en donde una familia permanece en la escuela hasta que su hijo o hija desarrolla cierto nivel de desarrollo y luego se van a una escuela “normal”, en lugar de permanecer para beneficiar al resto de los integrantes del grupo que aún están en proceso de lograr lo mismo.
Incluir, duele.
Porque nos quejamos de la delincuencia, del gobierno, de los “ninis”, pero en cuanto nos empieza a requerir un esfuerzo el mantener a un estudiante o compañero de mi hijo en la escuela, pido que lo corran, lo suspendan, lo expulsen o lo manden a donde “sí estén preparados para esos casos”.
Y luego, en medio de todos los conceptos y las políticas inciertas, en medio de las discusiones de los adultos, de la falta de causa de un trastorno y de la poca disposición por continuar insistiendo en una solución,
queda un niño,
queda una niña.
¿Es malo el niño que pega? ¿Es malo el niño que grita? ¿Es mala la niña que deambula por el salón mientras hace sonidos? ¿Es malo el niño que se frustra porque no es el primero en la fila? ¿Es mala la niña que, por no saber hablar, nos jala? ¿Es malo el que abraza en exceso y con mucha fuerza, el que solo quiere hablar de bichos?
Inclusión educativa implica que cualquier persona pueda estar, participar y aprender en la escuela. Sé que es posible porque lo hemos experimentado una y otra vez. ¿Qué debe aprender cada estudiante? No hay una respuesta fija. Aprender a leer y escribir; aprender a sumar; aprender a regularse; aprender a convivir; aprender a esperar; aprender a ser autónomo. Las respuestas son infinitas.
El otro día, estaba en un grupo y uno de los alumnos le quita el material a un compañero, estaba portándose fatal, abajo de la mesa, arriba de la mesa. Entonces, sin pensarlo, le digo: “no, mi rey, eso no se hace”. En medio de toda su inatención y de toda su hiperactividad me voltea a ver y me dice: ¿cómo me dijiste? “Mi rey”, le respondo. Se para y me abraza.
Ésa es mi magia (o reforzador intermitente si quieren hablar en forma técnica). Pensar en por qué un niño se detiene ante esa frase me ayuda a seguir un día más. Porque ningún niño merece no tener la oportunidad, porque las oportunidades deberían ser infinitas, porque nuestro cansancio y esfuerzo (incluso, nuestra flojera) no deberían marcar el camino.
Digo y repito que la inclusión duele. Porque implica desaprender y reaprender. Implica volver a trazar el camino y un camino en medio de la maleza.
