Aunque hoy cumplas
trescientos treinta y seis meses
la matusalénica edad no se te nota (…) cuando entrás a averiguar la alegría del mundo“Como siempre”, Mario Benedetti.
Porque yo no me atrevo.
Hace seiscientos ochenta y cuatro meses el mundo no te esperaba.
Meses que desaparecen
cuando dices tu nombre.
Ese nombre que,
junto al mío,
hace florecer el jardín en medio del desierto
y provoca tu despiadada sonrisa.
(Se abre paréntesis).
Florece:
el verbo de dar vida
que,
en mis días,
es dar vida de tanto mirar lavandas
y escuchar el sonido de tu voz.
(Se cierra paréntesis).
Hace seiscientos ochenta y cuatro meses
hubo un presidente que cerró por siempre sus ojos
y cantantes descubriendo su voz;
un año en que conquistamos la luna
y nos perdimos en la red de la fantasía.
Es seguro,
lo sé,
que la vida no me tuviera en sus planes…
todavía.
Esa misma que no te esperaba.
Y que amaneció cantando,
y te impregnó de dulces olores
y te pobló los ojos de paisajes
y te arrastró,
a tientas,
a contemplar de cerca las montañas
y te obligó a sentir el sudor en tu espalda
y te puso frente al espejo para desconocerte:
delgado,
moreno,
feo,
y te arrebató la sensación de dolor
y te dijo: “resiste”
no tienes hambre,
no estás,
aún,
cansado,
y te habló en sueños
y respondiste con palabras ininteligibles
y te dio la hermosa compañía de tu soledad.
Vives día y noche
y, como pocos,
extraes todo al último rayo de sol.
Seiscientos ochenta y cuatro meses
vividos,
en esa vida que no te esperaba
y, a la que hoy,
le regalas todo lo que ella no te pudo dar.
