Mi sublime y corta experiencia en el mundo de la maternidad

Hasta que ChuyCarlos cumplió tres o  cuatro meses (creo que cuatro, porque ya habíamos entrado al colegio), empecé a darme cuenta que ser madre, aparte de los cambios y adaptaciones que conlleva de manera física y psicológica, tiene un componente social que lo abarca casi todo. Tuve que decidir no ser una mamá que sale a la calle en pro de la lactancia materna, porque sólo amamanté dos meses. No soy mamá canguro, no uso fular y apenas estrene mi cangurera: o cargo a mi hijo con todas las de la ley o lo llevo en la carriola para que duerma un poco en lo que andamos en la calle. A veces ChuyCarlos se emociona con el chupón y la mayoría de ellas lo avienta o hace bizcos mientras le encuentra forma. Desde el tercer día de su nacimiento que llegamos a casa después de una dolorosa cesárea, él duerme en su cuna. Al lado de mi cama, pero en su cuna. Aunque hay veces que muy amorosos nos quedamos dormidos cachete contra cachete. No estamos a favor del colecho. Tampoco en contra, pero no es lo nuestro. Como tampoco lo fue el recurrir a una doula, no la necesité, o tuve a las más naturales doulas que fueron mi mamá y mis hermanas. Confié en mi médico y en mi cuerpo. No puedo decir que el embarazo fue lo más maravilloso del mundo, porque lo viví con cierta angustia y temor, incomodidad, dieta, 11 pastillas diarias y mucho trabajo, con el cual decidí continuar. Un trabajo de más de 10 horas diarias, porque, aunque ser madre es maravilloso, también soy otras cosas. Mi compromiso con mi profesión es cada día mayor, cada logro de mi bebé es una nueva responsabilidad hacia «mis niñ@s»; entre más lo veo crecer siento la necesidad de darlo todo a esos pequeños que me confían y en quienes deposito toda mi pasión por lo que hago.

ChuyCarlos me ve. Sonrío y tira patadas. Hay un vínculo inexplicable que sólo puede entenderse por esas miradas. Lo despierto y acaricio mientras se estira, con flojera, porque es temprano para él. Rumbo a la escuela va jugando y balbuceando, si es que no se queda dormido «cinco minutitos más». Sus maestras lo reciben con amor. Lo extrañaron la semana pasada que estuvo en casa por una gripe. Saben que no duerme en todo el día por estar observando y me piden un globo para «estimularlo». Confío en él. Sé que se adapta a sus clases y que así lo hará siempre. Lo recojo y lo elevó en el aire para, juntos, tocar las ramas del pino. Le cala el sol, pero aun así se oye su carcajada. Se arquea queriendo más, más altura, más pino, más sol. Nos vamos a casa y jugamos un rato. Estamos conociendo las verduras, que diariamente le preparo. No son orgánicas, por cierto. Un sabor nuevo y los gestos regresan. Amo ver cómo aprende a manejar la cuchara. A la hora de la siesta regreso al trabajo y confío nuevamente en él. Sé que está en buenas manos. Cuando regreso, cenamos juntos. Nos bañamos. El último biberón del día es el que se toma más lento. Lo disfruta, con su pijama limpia, entre mis brazos. Lo contemplo y lo amo más. Se me escurren los días, crece tan rápido y yo tengo que seguir tomando decisiones. Mi día sigue, mientras él ya está descansando. Ya duerme como adulto: se voltea de lado, sube un poco su pierna derecha y se arrulla. Rara vez llora. Lo consuelo un poco, le doy palmaditas y se vuelve a dormir.
image

Yo, sigo tomando decisiones. Clase de natación o jugar con él en la tarde. Clase de estimulación o acompañar a papá al cine o a andar en moto. Dejarlo en casa con su niñera o llevarlo conmigo al súper. Estudiar nuevamente o sentirme estancada e irresponsable. Ponerle sudadera polar o sólo una manta delgadita. Cambiarlo a su cuarto, darle los juguetes eléctricos que le regalaron, usar repelente… Cada día, decisiones infinitas. Que me ayudan a ser madre. La mejor madre que puede habitar en mí, la que me permita ser feliz y sentir que soy yo misma. La que ChuyCarlos pueda ver y estar seguro que lo ama, que hace lo mejor posible, que trabaja duro, que duerme poco, que le lee cada noche, que está ahí para él, que lucha por su autonomía, porque pueda ser él mismo. La que no sabe cuáles son los mejores biberones, ni la mejor cuchara; la que no entiende de remedios caseros, que no tiene orégano ni laurel en la despensa, la que prefiere no limpiar los oídos por temor a pasarse, la que ya sabe cortar uñas tan pequeñas, la que sigue encontrándose y conociéndose día a día. Estamos en proceso. De ser madre y ser hijo. Henos aquí.

Un comentario sobre “Mi sublime y corta experiencia en el mundo de la maternidad

Deja un comentario