Sólo es de una vez

No hay segundas oportunidades, lo sé. Y sin preparación, te sigo a tientas, te observo en la penumbra, siempre en el mismo lugar, siempre desde diferentes perspectivas. Y es que las advertencias giran sobre cosas tan banales (crecen rápido, la leche, la perilla, el repelente, el monitor, el cinturón) y ninguna es verdaderamente tajante y llamativa para decir: «Detente, estoy y ya no soy el mismo, me voy a cada instante,  me reconozco un poco más cada día». Pero lo descubrí de pronto y sin  ayuda, tan sólo tuviste que mirarme y, sin palabras, arañar mi frente, imitar un gesto, enderezarte ante el carraspeo de papá, sonreirle a tu reflejo. Estoy y ya no soy el mismo… Nuestra relacion es de una vez, a la primera. Se trata de compartir esa estrofa en la que » escucho una orquesta de hojas en el cielo, aplausos de piedras en el suelo»(¿cómo te la explicó?), de cantartela hasta el infinito; se trata de rodar y girar hasta quedar exhaustos, de lanzar felicidad a gritos, de extender las manos hacia la lengua del perro, de reír y reír y reír, hasta el dolor… De regañarnos por desvelarnos «una vez más», de perseguir la espalda de ese papá caluroso, de atrapar pequeños recuerdos que nunca volverán a ser como todas estas primeras veces.

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