Más acerca de la maternidad
Mis días se caracterizan por la rutina: 8 de la mañana, alarma. Dejar a mi hijo en la escuela. Trabajar hasta la 1. Recogerlo. Ir a casa a comer. Debatir un rato sobre si ver Paw Patrol por centésima vez o ver una película. Ver tele. Jugar un rato. Vuelvo a trabajar hasta las 8. Llego a casa y mis hijos me esperan para jugar otra vez, terminar de cenar o leer el libro de tarea. Nos acostamos e intentamos dormir por 1 hora, mientras se ríen de cualquier cosa. Cuando no tengo trabajo urgente, duermo a la misma hora que ellos. Ya son las 11 de la noche. Dormimos. Inicia de nuevo.

Pero, hay un día en que, a mitad de la noche, aparecen los dragones. ChuyCarlos llora y empieza a sacudirse algo imaginario del cuerpo. Me asusto tanto al escuchar su grito en medio del vacío de la obscuridad, que corro y lo abrazo. Aun dormido, me dice que ahí están los dragones. Lloro con él. Mi bebé no es más un bebé. Ha abierto la puerta al mundo de la fantasía, del que puede defenderse de día, pero no en la noche. Lo abrazo y le digo “aquí está mamá, yo te voy a defender” y me dice que sí con la cabeza, mientras se acurruca y vuelve a caer profundamente dormido. Me quedo nuevamente sola en el silencio y sigo llorando porque sé que habrá dragones más fuertes que yo.
