Descubrí a Alma Delia Murillo por casualidad en julio o agosto del año pasado, cuando leí su libro La cabeza de mi padre y, desde el principio, quise escribirle un correo electrónico. Tengo una vasta experiencia escribiendo correos: como «groupie» escribiendo mails a Beny Ibarra o a Shakira, haciendo comentarios o correcciones a las letras de sus canciones; como estudiante de psicología descubriendo a Carlson y sus libros de Neurofisiología; escribirle a Maritza M. Buendía para comentar acerca de sus cuentos feministas, hasta, recientemente, escribirle correo a los neuropsicólogos acerca de sus pruebas psicométricas, ya sea porque no entiendo algo o porque encontré algún detalle en la evaluación. Casi siempre he recibido respuesta, así que, cuando leí que muchas personas le habían escrito a Alma Delia, tuve el impulso de abrir un nuevo mensaje, pero me contuve y, en su lugar, escribí la entrada: BORRADOR PARA ALMA DELIA MURILLO – LILIANA CONTRERAS REYES
Seguí topándome con otros libros de la autora y llegué al mismo impulso. Establecer contacto y hacerle preguntas sobre la novela Raíz que no desaparece. A pesar de la advertencia inicial: «esto no es verdad, pero es verdad», quería saber qué era cierto y qué no. Leí que la autora se basó en entrevistas a madres buscadoras para escribir la novela, pero eso no deja clara la línea entre la ficción y la realidad. ¿En serio los árboles se mueven? Pues tiene lógica que la naturaleza nos hable, más cuando una tiene una abuela oaxaqueña medio bruja. ¿Existe tal o cual personaje? ¿Con otro nombre? ¿Mensajes cifrados que nos llegan a través de los sueños? ¿El árbol detrás de la oficina es real? ¿Los cadáveres estaban tan cerca de los responsables de encontrarlos? Soy mexicana, así que no me resulta inverosímil que en nuestro país haya una lista de miles de desaparecidos, de los cuales la autora incluye los nombres agrupados por entidad y, al lado de muchos de ellos, se especifica a quienes ya han encontrado muertos. El hecho de que la protagonista de Raíz que no desaparece sea una escritora que es acosada por publicar acerca de temas sensibles, hace que la duda se acentúe sobre si se trata de la misma Alma Delia o no.
Hay temas que atraviesan los diferentes libros y publicaciones que he leído sobre Alma Delia Carrillo, que, como lo dije antes, me permiten reconocerme o identificarme por el hecho de ser mexicana: la recurrencia de los sueños y su significado, el cual puede afectar, incluso, las decisiones que tomamos; los recuerdos que surgen a partir de una comida, de un aroma, de una canción; la descripción de una tarde familiar o la ausencia de ella; las palabras y sus múltiples sentidos.
Así que cuando empecé a leer El niño que fuimos iba en busca de algo parecido. Desde el título melancólico, la portada con las entrañables fotos de los estudiantes sentados en la oficina del director, con una bandera de México o un globo terráqueo, la síntesis y comentarios en las pastas. Sin embargo, de algún modo sentí que este libro en particular no me anclaba a la lectura. Tardé más de lo habitual en leerlo y los personajes no fueron entrañables de modo alguno.
La historia se va presentando a través de la alternancia entre los recuerdos de tres amigos que vivieron su infancia en una Casa Hogar y su vida adulta. Aparecen diálogos, acompañados de la omnipresencia de un narrador, las reflexiones de los personajes, alusiones a textos reconocidos de la Literatura, así como otros recursos narrativos que me parecieron a veces forzados o sobre-pensados.
No creo que sea un mal libro, como me pasó con el recién reseñado La intuición de la isla, pero no encajaba con la línea de lectura de la autora. Así que, después de terminarlo, agarré los tres libros que tengo de Alma Delia, los puse sobre la mesa y empecé a explorarlos. Era obvio pero no tan obvio como cuando los tuve juntos: siete años de diferencia entre El niño que fuimos (2018) y Raíz que no desaparece (2025), así como cuatro años de diferencia con la publicación de La cabeza de mi padre (2022).
Entonces, toda la perspectiva cambió y aparece ante mí una escritora que se ha ido construyendo paso a paso. Si en La cabeza de mi padre, más autobiográfico, habla de la forma en que empezó a escribir, de su origen, de las cotidianidades que respaldan lo que luego encontramos en sus escritos, analizar sus publicaciones me hace darme cuenta de varias cosas: una férrea vocación por la escritura, por la creatividad y un interés por desentrañar las microrealidades, para ponerles voz. Tal vez en esos primeros acercamientos no contaba con tanta experiencia, la cual resalta en su último libro, pero las bases son las mismas.
No sólo se trata del paso del tiempo. No son siete años vacíos. Se trata de que las personas cambiamos, aprendemos, nos reenfocamos, pasamos por periodos de lucidez y periodos de obscuridad, hacemos cosas por un motivo o por otro, los motivos sobran y se transforman según las circunstancias.
Así como cuando escribí mis primeros correos y recibí respuesta. Hablo de los noventa. Recibir una respuesta de una persona reconocida era raro. La comunicación no era tan rápida en aquel tiempo y escribir a través de una computadora medio surrealista. Pero pasó. Escribí en un inglés mocho y me respondieron. Escribí para preguntar sobre el sentido de un cuento y me respondieron. Escribí buscando más bibliografía y me respondieron.
Hoy, leer a Alma Delia Carrillo no es pensar en alguien irreal, ficticio, sino en alguien como yo, con quien es posible establecer una comunicación a través del libro. La misma autora, siete años mayor, que tiene aspiraciones y problemas como cualquier otro, que vive en el mismo México que experimento a diario y que no se lo toma a la ligera, una autora que, tal vez, me toque conocer en algún café. Prometo no escribir ese correo. Mejor, esperar.
Sus libros:
2011: Damas de caza (Plaza y Valdés).
2015: Las noches habitadas (Editorial Planeta) .
2018: El niño que fuimos (Alfaguara).
2018: Tiembla (Almadía).
2020: Cuentos de maldad (y uno que otro maldito) (Alfaguara).
2022: La cabeza de mi padre (Alfaguara).
2025: Raíz que no desaparece (Alfaguara).

